
Se miró al
espejo con el vestido negro, ceñido, que cubriendo lo imprescindible dejaba
adivinar sus zonas íntimas. La imagen le confirmaba que no había nacido sumisa,
sino dominante. Era Dómina, aunque su descubrimiento no datara de mucho tiempo
atrás.
Después del
accidente había permanecido en coma casi tres meses, y cuando despertó se
sintió diferente, con deseos de dar órdenes, de seducir, de sentirse deseada y
agasajada. En el hospital llegó a tener una cohorte de médicos y enfermeros a
su disposición, todos dispuestos a cuidarla y mimarla por apenas una sonrisa.
Lilith tenía suficiente inteligencia para saber de quién podía disponer a su
antojo y de quién no. Durante su recuperación hizo algunas pruebas: un grupo de hombres a los que rechazaba y
hasta humillaba de forma continua, hacían caso omiso a sus palabras y
continuaban buscándola cada vez con más insistencia.
Al salir de
la convalecencia decidió teñir su abundante cabellera, tornándola roja como una
larga bocanada de fuego que solo encontraba un respiro de frescura en el azul
de sus ojos.
Dio otra
ojeada al espejo para cerciorarse que el reflejo de esa mujer, voluptuosa y tentadora,
era ella. Estaba preparada para presentarse ante su cuadra, todos elegidos de
forma individual entre la larga lista que se había presentado a su
convocatoria.
Con paso
firme, cruzó la vieja casona que sus esclavos habían alquido para ella, accediendo
al sótano por la imponente escalera. Ante su presencia, todos se postraron
formando una alfombra humana por la que su diosa caminó rumbo al trono,
haciendo que la carne se hundiera bajo los finos tacos.
Allí, desde
su altura, comprobó que le pertenecían, con sus rostros mirando el suelo, de rodillas, esperando el honor de ser
usados por su Dueña como ella decidiera y deseara. Solo querían arrastrarse,
humillarse para servirla y adorarla.
Miró su
cuadra, su posesión, su dominio… y se sintió poderosa, diferente a la mujer
casada que vivió un infierno, hasta que se marchó para ser feliz. Luego tuvo el
accidente y… No iba a pensar en eso, porque ya carecía de importancia.
A partir de
ese instante ella solo tenía presente y futuro; se había transformado en una
mujer enigmática, oscura y misteriosa. Ahora era Lilith, una dama independiente
que no necesitaba a nadie; en cambio, su presencia era imperiosa para todos
aquellos hombres que habían sido conquistados y enredados con sus artes de serpiente
seductora. Había sido capaz de hipnotizarlos del mismo modo que podría
engullirlos, solo para después vomitarlos sin ninguna pena…
Así era la
mujer que se había adueñado de ellos: enigmática, fatídica, perversa,
siniestra… No existía ningún hombre que pudiera dominarla porque ella jamás lo
permitiría. Amaba demasiado su libertad, y sabía el poder de atracción que eso
suponía.
¿Sabrían
esos hombres que ellos debían vivir para satisfacer los deseos voluptuosos de
su Dueña? ¿Imaginarían el castigo que obtendrían de no atender el más mínimo de
sus caprichos, en el momento y en el lugar que ella decidiera…?
Luego de
estar sentada en tu estrado, se puso de pie, dispuesta a hablarles:
-Escuchad, mis esclavos… Oíd mi voz esta
noche, porque mis palabras deberán permanecer en vuestras mentes para siempre.
Soy Lilith, vuestra Dueña, vuestra Señora, la que decidirá por vosotros de
ahora en más…
¿Sabéis acaso quién es Lilith?
Lilith es quien vos habla: una mujer como no hay otra, que gusta de la
noche, la oscuridad, y que se desenvuelve mejor entre las tinieblas. Lilith es
un súcubo: tentador, sensual y libidinoso que tomó la forma de mujer para
hechizar a los hombres…
Los esclavos
querían mirarla, pero no se atrevían a levantar la vista. Cada uno de los
presentes deseaba ser apresado por ese cuerpo terso, etéreo y reluciente.
Ella, sentada
en su trono, no disimulaba su realidad: era una criatura indomable, salvaje, ardiente
al punto que enloquecería a quien no lo poseyera. La única esperanza para no
llegar a la enajenación, era ilusionarse con ser el próximo elegido.
-¡Miradme! –Bramó levantando los brazos e
incitándolos a levantar la vista- Quiero
que observéis a vuestra Reina cuando os cuente uno de mis secretos… ¿Os gusta
mi cabello? ¿Os agrada el rojo de su color? Pues enteraos que este color lo he
conseguido con la sangre de los corazones masculinos que sucumbieron ante mis
hechizos… El que tenga temor, puede irse ahora. Quienes permanezcáis fieles a
mí, os prometo felicidad y gozo… Todo el gozo de pertenecerme. Ahora quiero la
ayuda de… -los ojos suplicantes de los esclavos eran alimento para su ego,
tan enorme como su universo- Frank…
Ulises... y… Juan.
Los tres
hombres corrieron a su encuentro, arrojándose a sus pies. Bastó una seña para
que, con todo cuidado, la despojaran de sus vestiduras. Sin más vestido que su
propia piel, se envolvió en el manto de sus cabellos de fuego, mientras se
dirigía a una hamaca con forma de media luna. Los esclavos seguían sus pasos y
cada uno de sus meneos. Hizo un levísimo gesto y la media luna comenzó a
alzarse con ella sentada en el cuenco. Desde la altura, se regocijó una vez más
con el paisaje humano de su cuadra, gozando por anticipado el placer que le
brindarían.
Una idea la
hizo ordenar el descenso. Quería a ese esclavo, ese al que aún no le había
puesto nombre, pero que la había impactado desde la primera vez que lo vio. No
le dijo nada, solo lo tomó de los cabellos y lo llevó al trono, arrojándolo
sobre el apoyabrazos. El muchacho quedó reclinado sobre su estómago, sin
animarse a mover un solo músculo. Ordenó que le vendaran los ojos. A partir de
ese momento, solo pudo oír movimientos, pero nada más.
-¿Quién es tu Dueña? –inquirió la voz femenina.
-Usted, mi Señora
-¿Eres totalmente mío, esclavo?
-Sí, mi Señora
-¿Puedo hacerte lo que desee?
-Sí, mi Señora
-¿Cuál es tu límite, esclavo?
-Mi límite es la entrega total a mi Señora, con
la seguridad que jamás me hará daño…
Lilith
sonrió. Era una bella respuesta.
-Por una respuesta tan acertada, mereces un
premio…
No hubo
aviso previo. El esclavo solo sintió entrar el enorme falo del arnés que
llevaba su Dueña. Estaba siendo sodomizado, y el dolor que sentía era
desgarrador. Entraba y salía suavemente, como para que gozara cada sensación.
La velocidad fue creciendo gradualmente hasta llegar a una velocidad de
vértigo. El pene del esclavo estalló en una lluvia blanca que no pudo contener,
pues el gozo había sido inimaginable.
Pero la
Señora no pensaba igual...