domingo, 19 de diciembre de 2010

UN CASTIGO MUY SÁDICO

Amo Implacable era el nick que había elegido para identificarse como Dominante, pero en realidad no lo era tanto o no dedicaría una tarde de sábado a mirar zapatos para teresa, su sumisa “oficial” ante toda la comunidad. Ella adoraba los zapatos y hacía tiempo que le pedía que le regalara algún par. Por supuesto debían ser originales y caros, así que sólo había una calle en Buenos Aires donde encontraría algo así: la Av. Santa Fe.

Ya hacía más de una hora que estaba caminando sin encontrar lo que buscaba: algo diferente y sobre todo… barato. Quizás en la próxima vidriera… quizás si entrara y preguntara a una vendedora podría… Su pensamiento y su mirada quedaron fijos en la exuberante morocha que dentro del local discutía con la que parecía ser la vendedora. Se veía exaltada y en una de sus tantas gesticulaciones se saltó el botón de su blusa, haciendo más visible aún el pronunciado escote. Los senos iban y venían, subían y bajaban tratando de escapar de la ajustada prisión, mientras Amo Implacable seguía la discusión con inusitado interés porque había visto algo que, aunque llamó su atención, no pudo identificar adecuadamente.

Entre la maraña del manto negro que formaba el cabello de la mujer, descubrió lo que había llamado su atención: el pendiente de la muchacha era ¡un triskel!

Había puesto toda la atención en el pelo de la joven sin perder detalle de sus pechos ni del pendiente, y ahora que estaba de espalda podía deleitarse con la forma de sus nalgas enfundadas en el ajustado jean. Pero ¿cómo sería su cara? Como si se lo hubiese ordenado con el pensamiento, giró su vista hacia la calle el tiempo suficiente para que Amo Implacable la reconociera: era Aída, la sumisa del Marqués de Grucharko. Sí, sí, sí. Había visto a esta preciosa sumisa en varias fiestas de la comunidad, deseosa de experiencias excitantes, hots, diferentes, con ganas de intervenir cuando pedían voluntarios para alguna demostración, pero se notaba que el Marqués no lo permitía y la utilizaba apenas para ser la envidia de otros Dominantes cuando la exhibía como su propiedad, en vez de disfrutarla y sacarle el máximo provecho como sumisa. “Amo Implacable, razona: no puedes ni siquiera desearla, recuerda que tiene Dueño”, se decía a sí mismo. “Lo sé, lo sé…”, se respondía, “…pero esa sumisa será mía. Si aceptara y me diera la menor posibilidad, la haría mía y conmigo conocerá todo ese mundo que le ha sido negado hasta ahora”.

Normalmente, un Amo respetaría el protocolo pero esta sería la excepción. Decidido y con los segundos corriéndole en contra, pensó cómo hacerlo. Debía ser cuidadoso para no quedar expuesto, para no quedar como un lobo desesperadamente hambriento frente a una tierna y desprevenida caperucita. Sonrió pensando en que gracias a Dios y a sus virtudes, tenía sumisas suficientes como para andar haciendo malabarismos diariamente para poder atender a las dos que tenía fijas y a las terceras que como en este caso, se le presentaban en forma fortuita.

La discusión seguía dentro de la zapatería y la chica lo había mirado varias veces sin reconocerlo, quizás por el reflejo del sol en el vidrio o tal vez porque estaba indignada y miraba sin ver. El hombre caminó hasta la esquina, dándose vuelta continuamente para vigilar la puerta del comercio. La morocha no tardó en salir; cuando Amo Implacable vio que se encaminaba hacia él, salió a su encuentro chocándola distraídamente y dejando caer la bolsa donde llevaba un látigo. Por casualidad, y por suerte, lo había llevado con él por si encontraba algún lugar donde vendieran productos para suavizar cueros. Como no podía ser de otra forma, el instrumento salió disparado de la bolsa abriéndose descaradamente ante las miradas de asombro y hasta pavor de todos los desprevenidos transeúntes. Todos menos uno: la joven sumisa.

-Perdón… qué torpe fui… -le dijo agachándose sin dejar de mirarla.- Venía distraído… mirando… espero no haberla lastimado.
-No, no… para nada. Pero dígame ¿qué lleva ahí? ¿Es un loco suelto? –le dijo entre sonriente y sonrojada. El Amo la miró de forma seria haciéndole sentir la dominación, y en un tono despectivo le espetó:
-No, no soy un loco; más bien soy alguien que no cree que desconozcas este instrumento, o el significado del triskel de tu pendiente –agregó rozando apenas su cabello para tocar la alhaja. La chica bajó la cabeza sin darle contestación.- En fin, sos libre de darle la interpretación que quieras.
-Creo que le doy la interpretación que le daría cualquier sumisa como yo.
-¿Así que sumisa, eh? Y supongo que me dirás que tenés Amo.
-Sí, sí Señor. Mi nombre es Aída y pertenezco al Marqués de Grucharko…
-Y… ¿Tu Amo te permite compartir un café y una charla con otro Amo?
-No lo sé, pero en principio nunca dijo que me lo prohibía.
-Entonces te invito a un café. Vamos…

La charla se hizo amena e interesante para ambos. Hablaron sin tapujos del tema que tenían en común, y la chica le confesó su frustración porque su Amo no tenía con sus sumisas el tipo de sesiones que parecían ser “normales” para el resto de las parejas. Él prefería exhibirlas, hacerles algún bondage simple y pedirles que bailaran, vistieran ropas y zapatos fetichistas y pocas cosas más. Pero ella soñaba con una sesión de bondage más complejo y restrictivo, azotes, humillación, y que usaran en ella instrumentos y muebles como había visto en algunos lugares donde se realizaban fiestas del ambiente BDSM.

-Pero… ¿estarías dispuesta a tener esa sesión sin el consentimiento de tu Amo?
-Creo que sí, porque sé que con Él nunca la tendré.
-Siendo así, me ofrezco para ser tu “Genio” y cumplirte tu sueño, tu fantasía. Tengo muchas “varitas mágicas” como esta –agregó mostrando parte del látigo.

Antes de lo que ambos se imaginaron, estaban en la “cueva” de Amo Implacable, donde la pobre sumisa, ingenua e inexperta, quedó boquiabierta ante un universo de sogas de varios grosores, tipos y colores, rebenques, correas, ganchos, además de cruces, camas levadizas, separadores con argollas para colgar, y más. Entre asombrada y divertida, Aída comentó:

-¿Y dónde me trajiste? Esto asusta un poco… ¿me vas a lastimar?
-Por supuesto que no. Todo depende de vos y de lo que quieras hacer. Además, siempre está la palabra de seguridad. ¿Cuál es la que utiliza tu Amo?
-“Piedad”. Claro que nunca la usamos.
-Bueno, entonces… ¿Qué decisión tomaste?
-Es que… No sé, no sé… Nunca hice nada de esto…

Amo Implacable pensó “Pobre pichoncita…”, mientras que crueles y sádicas ideas cruzaban veloces la mente del Dominante. De pronto decidió qué hacer: la niña es nuevita, necesitada, postergada por su Amo y deseosa de nuevas experiencias, así que la disfrutaría un tiempo sin ser demasiado exigente para no asustarla, y haciéndola gozar tanto que ella misma se decidiera a pedirle para incursionar lentamente en el SM, probando hasta conocer cuales eran sus límites y poder saber cuánto resistiría. Quería demostrarle a la chica que el BDSM era para gozar…

-Escuchá bien, porque voy a decirte esto una sola vez: si estás segura de lo que querés y de lo que vas a hacer, entrá a ese cuarto y esperame totalmente desnuda y de rodillas a los pies de la cama. Previamente, vas a elegir los instrumentos que te gustaría probar o que te exciten, y los vas a colocar ordenadamente sobre la cama.

Sin dudarlo, Aída obedece y se pierde tras la puerta de la habitación, que deja apenas entornada, situación que aprovechó el Amo para susurrarle frases que la hicieron mojarse con sólo imaginar lo que vendría, excitándola mentalmente como ninguna otra situación lo había logrado en toda su vida.

Sin aviso previo, entró y la encontró arrodillada y desnuda. El cabello negro y ensortijado en enormes bucles, caía sobre su rostro y pecho, haciéndola lucir más desvalida aún. Comenzó a caminar alrededor de la joven observando los instrumentos que había elegido: cuerdas, muñequeras, separadores, pinzas… También había un rebenque, fusta, flogger y un tawse. Pensó: “esto es un claro indicador de la calentura que tiene esta chica. Estoy seguro que no soporta ni la mitad de esto, pero… es una buena pista”.

Siguió caminando en silencio entorno a ella, observándola, hasta que se detuvo y le colocó el collar con cadena incorporada. Tiró hacia arriba hasta hacerla incorporarse. Fue en ese momento que los ojos de Aída se clavaron por un momento en los del Amo, que cambiando la expresión de su rostro y jalándola fuertemente del cabello le espetó:

-¿Acaso me estás mirando? ¿Qué clase de educación has tenido que te atreves a mirar a los ojos al Dominante?
-Lo siento, Señor. No volverá a suceder…
-Por supuesto que no volverá a suceder, porque si cometieras ese error otra vez, en ese mismo momento terminaría esta sesión.

Aída bajó la cabeza con la certeza de que no estaba bromeando y que sería capaz de hacerlo. Aún en esa posición pudo ver cómo Amo Implacable tomaba cuerdas de varios colores y comenzaba a hacerle una atadura de restricción. Eso sí era bondage. Por primera vez pudo sentir la potencia de los nudos que le apretaban la piel impidiéndole el menor movimiento. Luego, la colocó en el suelo y continuó con las ataduras. Boca abajo, el Amo unió manos con tobillos, dejando la vulva a su total disposición.

No recordaba haber sentido algo igual en todo el tiempo que tenía de sumisa. El verse atada, sin ningún control sobre lo que sucedía, sabiendo y sintiendo que cualquier movimiento que hiciera repercutiría en algún lugar de su cuerpo, la excitaba muchísimo. Pero eso recién estaba comenzando. El primer instrumento que sintió fue la fusta. Golpes secos, picantes y ardientes se hacían sentir en las plantas de los pies, la espalda, los glúteos, la espalda, la entrepierna. Pero lo que verdaderamente la hizo vibrar fueron los azotes en su vulva. Cuando tocaba el clítoris parecía que el dolor la atravesara hasta la garganta. Era un tormento excitante y sólo quería seguir padeciéndolo. Ahora comprendía cuando decían que el dolor se transformaba en placer.

No pasó mucho tiempo sin que él comenzara a deshacer el trabajo de cuerdas que había armado. Aída estaba feliz por lo que había vivido esa tarde y comenzó a sonreír mientras sobaba sus muñecas.

-¿De que te reís? Habrás notado que la realidad supera la fantasía y que esto no es un chiste ¿cierto? – le dijo el Amo colocándole muñequeras, las cuales ató a una barra de restricción que a su vez fue a dar a un gancho que colgaba del techo. Luego le puso una barra similar en los tobillos y subió el gancho, dejándola casi en puntas de pie y totalmente expuesta.

Los pezones fueron apretados con pinzas con una campanilla colgando mientras el rebenque hacía su aparición. Nunca pensó que un instrumento que lucía tan impresionante pudiera dar azotes tan eróticos. Comenzó suave por su espalda, casi rozándola, alternando con las nalgas; por momentos ese cuero la acariciaba, la raspaba o la azotaba. Aída había imaginado que no le gustaban los golpes en la espalda, pero la realidad fue distinta, generándole sensaciones que nunca había soñado.

Amo Implacable decidió entonces vendar sus ojos y luego colocó auriculares con música muy alta, que no le permitían escuchar nada más. Una mano enguantada en cuero comenzó a recorrer su rostro, nuca y espalda, mientras que en las nalgas, ya rojas, sintió la caricia de algo suave y peludo. Así pasaron por su piel diferentes texturas y variadas sensaciones, hasta que… la sensación más cálida y placentera apareció con la mano del Amo.

A sus espaldas, mientras percibía el tibio aliento del hombre, gozaba la caricia de las manos que tocaban sus senos y bajaban a su clítoris, penetrando sus agujeros sin pudor, hasta que sin quererlo se corrió descontroladamente.

-¿No habrás tenido un orgasmo, verdad? –oyó que decía la voz del Amo mientras que le arrancaba violentamente los audífonos.- ¿Con permiso de quién?
-Yo… lo siento, Señor, no pude evitarlo –contestó bajando la cabeza.
-Ah, bueno… si vas a hacer lo que quieras me avisás, así me voy. Pensé que estabas aquí para obedecerme.
-Lo siento, Señor, perdón…

No dijo nada más, sólo sintió que bajaba el gancho y la liberaba de todas las ataduras, pero ella no se movió y esperó una orden. Aún tenía puesto el antifaz cuando la arrastró hasta algo que parecía una tabla o una mesa de madera y la colocó con la tripa encima, con los brazos extendidos y haciéndola tomarse del otro extremo con las manos. Ella pensó que la azotaría nuevamente pero… al sentir el miembro endurecido del Amo, comprendió que sería penetrada. Y lo fue. Sus agujeros fueron ocupados alternativamente. A veces el miembro era sustituido por uno de silicona, y hubo momentos en que la penetración fue doble.

Los embates se hacían más y más fuertes. El Amo la tomaba de las caderas, de los cabellos, de sus senos, acariciaba su clítoris, hasta que llegaron los embates finales y acabó en sus entrañas, provocándole otro orgasmo más.

-Bien. Esta ha sido tu primera experiencia: suave, porque sabía que era tu primera vez. Allí está el baño. Vístete y vete pensando que si te interesa volver a repetirlo puedes enviarme un mail. Yo me comunicaré contigo.

La sumisa se incorporó, notando que se le hacía un poco dificultoso caminar, pero deseando íntimamente que esa estupenda experiencia se repitiera una y mil veces más. Las cosas que había vivído eran increíbles. Sabía que comparado con lo que podría vivir, eso apenas había sido una muestra. También sabía que ella tenía Amo y que lo que estaba haciendo no era correcto.

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Según el protocolo BDSM, el Amo puede tener muchas sumisas, pero la sumisa no puede tener más de un Amo. Hasta la Biblia lo dice: “No se puede servir a dos amos al mismo tiempo”. Pero él era Amo y aunque tenía dos sumisas, desde que había estado con Aída estaba considerando tener tres.

La exuberante joven por su lado, después de aquella experiencia no podía volver a ser un adorno en la vida del Marqués. Ahora buscaba mucho más que vestirse con ropa fetiche, así que habló con su Amo y confesando su desliz le devolvió su collar, que el Marqués aceptó con decepción. Ahora tenía nuevamente su libertad para poder entregarse al Amo que la había ayudado a conocer una sesión real.

-Buenas noches mi Señor –dijo la voz del otro lado del móvil. Era teresa, una de las sumisas de Amo Implacable.
-¿Qué pasa, tere? ¿Para qué y por qué me llamás? Te tengo dicho que no quiero que me persigas, me llamaste hace unas horas y ahora otra vez.
-Lo siento, es que necesitaba escucharlo. Esta noche no voy a verlo y…

El “clic” característico del corte de la comunicación, le dejó saber a teresa lo molesto que estaba su Amo por su insistencia. Ella sabía y asumía el hecho de que era sumamente controladora y hasta persecuta con su Amo, pero era inevitable. Conocía la existencia de Raquel, la otra sumisa, y le disgustaba que hubiese alguien capaz de quitarle su lugar.

Raquel por su parte quería ser la sumisa perfecta: la más obediente, la más entregada, la más sometida, la preferida de su Amo. Eso hacia que lo endiosara, que lo creyera el Amo perfecto, el mejor, el único. Eso también ejercía una presión que a veces lo ahogaba, porque no quería y no podía sostener la perfección que ella le pedía…

-Hola… sí, Señor… está bien, entendido… sí, sí… así lo haremos. Lo esperamos, Señor…
-Ese era nuestro Amo ¿verdad? ¿Qué fue eso de “lo esperamos”? ¿Va a venir?
-Sí… era Él. Dice que nos preparemos; está con Aída, la nueva sumisa. Dice que primero irán a la casa y luego él vendrá para acá. Dice que aún no estamos preparadas para conocerla.
-¿Cómoooooo? ¿Qué dijiste? ¿La nueva sumisa? Yo conozco a esa Aída de alguna fiesta. ¿Y la va a traer acá, para que viva con nosotras?
-Y… no sé; supongo que por ahora no. ¿No viste que dice que todavía no estamos preparadas para conocerla?

Si estaba furiosa, con esa noticia teresa llegó al punto más alto de ebullición emocional. Era una mujer visceral, impulsiva, luchaba por lo que creía, y... no tenía problema en pelear por lo que quería.

Un rayo sobresaltó a raquel, que corrió hacia la ventana.

-Uf… Ya empezó a llover a cántaros. Voy a cerrar las ventanas y después prepararé algo para esperarlo.
-¿Estás loca o qué? No me digas que todavía le vas a hacer algo para recibirlo después que agarró de sumisa a esa… yegua.
-Ay, tere… no le digas así, no la conocés. Además, debemos aceptarla. Es la decisión de nuestro Amo.
-Lo sé… pero no quiero que tenga más sumisas. Demasiado que lo comparto contigo…

Raquel la abrazó queriendo calmar su ira, pero fue rechazada bruscamente. No estaba para mimos ni caricias. Sólo quería descargar su furia de alguna manera, y su compañera no se lo permitía libremente.

-Nosotras somos sumisas y nos debemos a nuestro Amo –afirmó Raquel humildemente.- Sabemos cuando aceptamos el collar que no seremos las únicas. Tú lo sabías y aceptaste, así que… O aceptas sus decisiones o deberás devolverle el collar.
-¿Devolverle el collar para que se quede contigo y con esa? Jamás. Soy su sumisa y sólo deseo estar a su lado. Pero…

La lluvia se estrellaba con violencia contra los cristales de las ventanas; los rayos y relámpagos estremecían la casa y el alma de teresa, que tenía su propia tormenta interior, más violenta que la que caía en la ciudad aquella tarde.

-Aprontate que nos vamos –dijo Teresa tomando las llaves del auto.
-¿Que nos vamos? ¿Dónde?
-Vos callate la boca y seguime…
-Está bien, pero acordate que tenemos que volver antes que nuestro Amo.
-Tranquila, volveremos. Vamos, dale…

Bajo la lluvia torrencial se subieron al auto. Teresa conducía bajo las protestas de su amiga, que supo de inmediato dónde se dirigían. Cruzaron parte de la ciudad hasta llegar a la puerta de la casa de Amo Implacable. Allí se quedaron dentro del auto bajo la lluvia, mientras que Raquel le pedía inútilmente que se fueran antes de que saliera su Amo y las encontrara allí. Pero lo único que lograba con sus ruegos era alimentar el enojo de la otra sumisa.

La lluvia amainó y la zona del jardín de la casa estaba enfangada, la tierra había tragado hasta la última gota de lluvia y el resto se había mezclado con el césped y la tierra, formando pequeños charcos que inundaban el lugar con olor a tierra mojada.

La puerta de la casa se abrió y vieron salir a su Amo que se despedía con un fogoso beso de Aída antes de tomar el camino que cruzaba el jardín y lo llevaba hasta el auto que encendió y puso en marcha sin mirar atrás.

-Vamos a saludarla –dijo Teresa bajando del auto y dirigiéndose a la entrada de la casa.
-Teresa, no lo hagas. Sabes que nuestro Amo se enojará con nosotras… Ya salió para nuestra casa y si llega y no estamos allá, estaremos en un lío.
-Callate. Y si no querés acompañarme, quedate en el auto –masculló mientras tocaba el timbre.

La exuberante morocha abrió la puerta escondiéndose tras la puerta. Cuando reconoció a las mujeres se dejó ver por completo. Iba descalza y llevaba puesto un simple equipo de short y musculosa de un blanco inmaculado, que hacía resaltar el color canela de su piel. Se veía bella, joven, deseable para cualquier hombre. Dibujó una sonrisa mientras flanqueaba la puerta invitando a las mujeres a pasar.

-¡Hola! –saludó alegremente.- Yo las conozco de las fiestas. Ustedes son las otras sumisas de mi Señor, Teresa y Raquel ¿verdad? Amo Implacable acaba de irse, pero si quieren pasar… No sabía que lo vendrían a buscar. Pensé que él iba para la casa de ustedes…
-Sí, vamos a pasar –dijo Teresa con brusquedad, introduciéndose en la casa.- Pero no venimos a ver a nuestro Amo, sino a vos.
-¿A mí? Bueno, gracias. ¿Y a qué se debe la sorpresa?
-No le hagas caso, Aída. Teresa es un poco impulsiva y enojona, pero ya nos vamos –dijo Raquel tratando de calmar los ánimos y tironeando de su amiga.
-Yo no me voy. Y menos sin decirle a esta… sumisa, que vuelva con su Marqués y deje en paz a nuestro Amo. Seguro que te le metiste por los ojos, te le regalaste…
-Mirá Teresa, yo no tengo intención de pelearme ni con vos ni con nadie, pero no voy a permitir que me insultes. Así que… andate.

La pelea verbal continuó in crecendo, en volumen y en contenido de palabras fuertes. Teresa ofendía con palabras hirientes e insultos, mientras Aída trataba de defenderse y Raquel intentaba calmar los ánimos.

Cansada de los gritos e insultos de Teresa, la joven sumisa le dio un empellón seco logrando alejarla de la puerta de entrada. Con el suelo húmedo por la lluvia y la baldosa resbaladiza, Teresa patinó con tan mala suerte que fue a dar de culo sobre el césped, empapándose el trasero y la espalda. Las otras dos mujeres quedaron petrificadas, sin siquiera intentar ayudarla, impactadas por la sorpresa. Pasada la primera impresión, Raquel salió en auxilio de su amiga ayudándola a incorporarse. En cambio Aída no se pudo contener y comenzó a reírse estrepitosamente, señalando a Teresa sin poder hacer otra cosa que carcajearse.

-Lo siento Teresa, menos mal que no te hiciste daño. Disculpá, no fue mi intención… pero… jajajaaaa.. Fue una caída graciosísima.
-Sí… debe de haberlo sido –agregó con sorna, acercándose lentamente a la joven-, aunque seguramente… no será tan espectacular como la tuya.

La menuda mujer se vio volando por el aire hasta dar contra el césped, usándolo como pista de aterrizaje; su torso recorrió unos cuantos centímetros antes que parara de golpe, enterrando su rostro en el barro. Un grupo de adolescentes que regresaban del secundario se pararon a ver la pelea, acompañados por los habitantes de las casas vecinas que salieron a curiosear atrapados por los gritos y risotadas.

La fina musculosa de Aída, empapada por el barro y el agua de los charcos, se pegaba a sus senos dibujando las curvas y los pezones, erguidos por el frescor del agua. Cuando terminó de incorporarse estaba totalmente enlodada; caminaba tratando de sacarse el barro de los ojos y la cara para ubicar a su contrincante, que se reía tanto como ella lo había hecho con anterioridad.

Con la cabeza baja le hizo creer que se dirigía a la casa, pero al pasar a su lado… la abrazó tirándola al pasto. La lucha entre las mujeres recién comenzaba y ya había un montón de gente mirando, incluso se había detenido algún auto para admirar el espectáculo de aquellas dos hermosas amazonas peleándose en el barro. Uno de esos autos pertenecía al Amo de las mujeres, que había decidido regresar para llevarse a Aída y presentársela al resto de su cuadra.

Los botones de la blusa de Teresa se perdieron en pleno vuelo, cuando Aída rasgó la blusa, en tanto el exiguo sostén liberaba su contenido tantas veces como su dueña intentó mantener los senos en su lugar. Todo eso se lo debía a Aída, la tenaz luchadora que se esforzaba en dejar desnuda a su contrincante, cuidándose que no le hiciera lo mismo. Los estudiantes que estaban en primera fila, se aprendieron de memoria la forma y blancura de sus senos, que saltaban cada vez que la musculosa era jalada hacia delante. También conocieron su redondo y firme trasero cuando con una llave Teresa logró ponerla boca abajo y colocándose a horcajadas sobre la espalda, bajó su short propinándole una sonora azotaína con la mano abierta.

Raquel decidió acercarse a separarlas, pero solo logró que entre las dos luchadoras la metieran en la pelea y quedara tan embarrada como sus compañeras de cuadra, recibiendo azotes e insultos de ambas.

No habrían pasado ni cinco minutos cuando las tres mujeres sintieron el cansancio por el esfuerzo de la pelea sin que ninguna se diera por vencida. Casi desnudas, descalzas y enlodadas fueron sorprendidas por el fuerte chorro de la manguera del jardín. El agua estaba helada y la fuerza que llevaba hacia que doliera el lugar donde pegaba. A medida que se les iba limpiando el rostro fueron viendo que quien manejaba la manguera no era otro que Amo Implacable.

-Espero que estén felices del espectáculo que están dando –dijo cortando el chorro y mirándolas con desprecio.- Recojan sus ropas de inmediato y entren a la casa. ¡Ya!

La orden fue dada casi en un susurro, pero con tal firmeza que ninguna se animó a hablar. Entraron en la vivienda acompañadas de una fanfarria de silbidos de aprobación, aplausos, alaridos y el agradecimiento eterno de todos los hombres del vecindario, estudiantes incluidos.

-Las tres se van a bañar ahora mismo y si oigo que cualquiera abre la boca para emitir cualquier sonido… sólo les aseguro que se va a arrepentir.

Entraron al baño en silencio y antes de lo que esperaba oyó cerrar la ducha.

-Séquense y vengan –ordenó desde la habitación contigua al baño. Cuando las jóvenes entraron, se postraron de inmediato ante su Amo, totalmente desnudas.- Las escucho… Primero Teresa…

Con la cabeza baja, la impulsiva sumisa dio su versión dejando a Raquel como su cómplice y a Aída como su retadora. La segunda en hablar fue Aída, culpando de todo a Teresa y quedando ella como la pobre víctima. La última en hablar fue Raquel que se defendió como pudo, dejando claro que ella las había querido separar y que la habían metido en el barro entre las dos. Sentado en su sofá, el Amo fumaba un cigarrillo sin dejar de observarlas. Con un tono que denotaba cansancio, enfado y enojo, les dijo:

-No me importan los vecinos; no me importa que las hayan visto casi desnudas, sólo me importa que las tres me desobedecieron y eso es lo que castigaré en su debido momento si es que siguen siendo mis sumisas. Porque ahora mismo no sé qué haré con ustedes; no sé si las quiero de sumisas o si les pediré el collar para las dejaré en libertad. No quiero que ninguna me llame o intente comunicarse conmigo, so pena de repudiarla. Esperarán que yo las llame. Mientras tanto, Aída se mudará con ustedes y las tres convivirán en la otra casa hasta que les sea ordenada otra cosa. Si yo me llego a enterar de alguna pelea o de el más mínimo roce en mi cuadra… imaginen la consecuencia.

Sin más se retiró, dejándolas pensando en su futuro y conviviendo con sus competidoras por tiempo indeterminado. No sabían cuando volvería, no sabían si las seguiría aceptando como sumisas, y lo peor: no sabían por cuánto tiempo tendrían que soportar aquella situación. Como decía aquella vieja canción: “…larga es la espera para quien espera, pero más larga es la espera sin saber lo que se espera…”.

Un castigo bastante sádico ¿verdad?


martes, 17 de agosto de 2010

Mitos griegos, versión BDSM: LA MANZANA DE LA DISCORDIA


¿Por qué siempre es la manzana la protagonista de innumerables historias, leyendas, mitos? Querida y odiada, buscada y codiciada, símbolo de la tentación, del sexo, del poder femenino, de la sensualidad, del conocimiento y la sabiduría. Desde Adán y Eva que robaron la manzana que supuestamente los haría sabios, pasando por las manzanas del jardín de las Hespérides, o la que le hizo perder la carrera a Atalanta, o la que puso Guillermo Tell sobre la cabeza de su hijo, o la que envenenó la bruja de Blancanieves, o la que cayó sobre la cabeza de Newton y le hizo descubrir la ley de la gravedad, por nombrar algunos ejemplos de los más famosos. ¿Es que a nadie se le ocurrió agarrar una banana, o una piña, o una cereza? No señor. Tenía que ser una manzana que traería consigo su historia, más o menos trágica.

Pero hubo una manzana muy especial que desencadenó una de las guerras más famosas y sangrientas. Claro que hay quienes nos preguntamos si fue la manzana o lo que casi siempre está detrás: una mujer. O como en este caso, varias mujeres. ¿Quién tuvo la responsabilidad de la guerra de Troya: una diosa, un mortal, o… la manzana de la discordia? Mejor que el lector saque sus propias conclusiones.

Admito que en este caso (y en muchos otros, por no decir en casi todos) aparecemos las mujeres como responsables; ya sea con forma humana o divina, ya lo hagamos por capricho, venganza, travesura, aventura, celos, envidia… o cualquier otro sentimiento que nos identifique. Pero señores ¿qué sería de sus vidas sin las mujeres y sus “manzanas”? Seguramente tendrían una existencia pacífica pero triste, aburrida, sin sentido, solitaria, estéril; sin nosotras las manzanas serían sólo una fruta más. Por lo tanto, mi conclusión es que sus existencias cobran vida cuando aparecemos nosotras con las tentadoras manzanas.

Si se están interrogando sobre esta historia, puedo decirles que comenzó con una nereida llamada Tetis, hija de Nereo y Doris, y que más tarde se convertiría en la madre de Aquiles. Pues Tetis, ninfa marina y muy caprichosa, se enamoró y se quiso casar con Peleo, el héroe griego. Ya desde aquellos días y a través de siglos y milenios, la encargada de organizar la boda siempre fue la novia, quizás por ser más puntillosa y mejor anfitriona que el hombre. Las que hemos organizado alguna fiesta de casamiento sabemos la cantidad enorme de detalles a tener en cuenta, y puede suceder que algo se escape, como le pasó a Tetis. Claro que su error no fue menor, sino muy grave: olvidó invitar a una diosa. Y ya sabemos cómo se las traían las diosas que no eran invitadas a las bodas: enseguida se enojaban y buscaban venganza. Pues bien, esa vez no fue la excepción. Para colmo de males, la que quedó sin invitación fue Eris, la diosa de la discordia. Así comienza nuestra historia…

Eris no era de las diosas más queridas, precisamente por eso siempre estaba invitada a todas las celebraciones; nadie deseaba enojarla y probar en carne propia su cólera. Cuando se enteró que Tetis y Peleo la habían olvidado, decidió vengarse arruinando la fiesta con su especialidad: la discordia. Pensando sobre qué haría, llegó a la conclusión que no podía ser una pelea común, debía de ser algo importante, así que… ¿Qué mejor que una pelea entre diosas? ¿Y qué mejor motivo que el ego y la vanidad?

El día señalado mientras que se
celebraba la boda, Eris se dirigió hasta el lugar del banquete y dejó en el lugar más visible una manzana de oro con una inscripción: “Para la más bella”. Sonriendo por el resultado que seguramente obtendría, se retiró. Su venganza había comenzado.

A medida que los invitados llegaban, la curiosidad los llevaba a ver la manzana, pero nadie se atrevía a tocarla, preguntándose a quién le correspondería el honor de la tenencia de tan preciado galardón. No pasó demasiado tiempo sin que todas las diosas se la disputaran. Por supuesto que no era por el valor de la manzana, sino por lo que significaba su posesión. Cuando la jerarquía mayor, el padre de todos los dioses, la tomó en sus manos, tres diosas lo acosaron gritando:

-¡Es mía, es mía, me pertenece a mí!

La situación se puso tan tensa que Zeus tuvo aplacar los ánimos. Una decisión como aquella era demasiado compromiso, incluso para él; así que pidió a los invitados que eligieran a la más hermosa, pero fue inútil. Todos, dioses y mortales, rehusaban tamaña responsabilidad. Sin saberlo, los invitados a aquella boda fueron los primeros asistentes a un certamen de belleza, seguramente el de más difícil definición, pues las concursantes eran diosas muy poderosas y con un ego tanto o más grande que su belleza, que por cierto no era poca: Hera, Atenea y Afrodita.

Hera, la reina de las diosas, hermana y esposa de Zeus, protectora de los matrimonios y poseedora de una gran belleza como merecía el padre de todos los dioses. Atenea, hija de Zeus, reconocida por dioses y mortales no solo por su hermosura, sino también por ser la diosa de la guerra, dueña de una gran sabiduría y protectora de las bellas artes. La tercera era Afrodita, hija de Zeus y la espuma del mar, diosa de la belleza, el sexo y el amor.

El dios del rayo y el trueno se vio en un gran apuro al verse solo para decidir, pues el resto de los dioses no quiso intervenir en tan delicado tema. ¿Cómo salir airoso de tan difícil decisión? Su primer intento fue tratar de dividir la manzana en tres partes iguales, pero enseguida recibió el rechazo de esa oferta por parte de las tres diosas que no estaban dispuestas a que otra fuese igual de hermosa que ella. “La más hermosa”, como decía la inscripción de la manzana, debía ser sólo una, y cada una reclamaba el cetro para sí. Sin duda que el pobre Zeus estaba en un duro aprieto del que tendría que ver cómo salir.

La segunda opción le resultó más fácil. Le pasaría el problema a alguien que no pudiera negarse: un mortal. La rápida mirada de Zeus bajó del Olimpo y se detuvo enseguida sobre un bello mancebo que pastoreaba su ganado en el Monte Ida, lugar desde donde luego los dioses contemplarían las batallas de Troya. El pastor no era otro que Paris, un príncipe que ignoraba su linaje, hijo del rey Príamo de Troya y de Ecuba, su esposa. Paris estaba entonces casado con Enone, una ninfa a quien Apolo le había concedido el conocimiento de las virtudes de las plantas, siendo capaz de curar las más difíciles heridas. Ella y Paris eran padres de un niño.

Mientras vigilaba el pastoreo de su ganado, aparecieron como de la nada las tres diosas precedidas del dios Hermes, que actuando como mensajero de Zeus le comunicó a Paris que había sido elegido como único juez, debiendo elegir a la más bella y entregarle la manzana de oro. Yo no sabría explicar el por qué Zeus lo eligió, pero seguramente ese detalle tampoco le interesó al pastor, que al verse rodeado de semejantes beldades, aprovechó para deleitar su vista.

Se dirigió hacia una piedra y tomando asiento les dijo que para ser totalmente justo y ecuánime, debería verlas sin ninguna prenda, por lo que tendrían que quitase todos sus velos. Quizás la más tímida fue Hera, y Paris lo notó.

-Hera… ¿Por qué no se desviste? –preguntó el pastor en tono desafiante y burlón-. ¿Teme que su cuerpo no sea digno de ser mostrado como el de las demás?

Al oír aquello se quitó las prendas rápidamente, pensando que si ese estúpido pastor no la elegía, le haría pagar muy cara su humillación.

Una vez que estuvieron desnudas, Paris dejó la roca y comenzó a caminar alrededor de las mujeres, escudriñando sus cuerpos divinamente perfectos. Luego se alejó y les advirtió que las llamaría a su presencia una por una. La primera fue Hera. Las tres diosas sabían que debían ganar, pues de lo contrario perderían prestigio ante el resto de los habitantes del Olimpo. El joven se acercó a la diosa hasta casi rozarla. Hera podía percibir el cálido aliento del joven pastor muy cerca de su cuello.

-Si me eliges –le susurró Hera- te haré feliz en tu vida, te convertiré en el mortal más rico y poderoso de la tierra. Escógeme y reinarás sobre Asia y Europa.

En tanto la diosa hablaba, Paris observó su cuerpo. Era realmente hermosa, digna de Zeus. Tenía un cuerpo voluptuoso, perfecto para la maternidad: senos grandes, turgentes, deseables, y una cadera ondulante que movía y manejaba con gran sensualidad. El pastor se alejó en silencio, tomando la suficiente distancia como para que no oyera lo que hablaría con Atenea, la segunda en ser llamada.

Mientras se acercaba, Paris admiró el cuerpo atlético de la diosa de la guerra. Cada paso que daba, estampaba los músculos de sus extremidades. La respiración marcaba los abdominales y el vientre, totalmente plano. El ejercicio diario y el adiestramiento había dado su fruto: un físico armonioso, fibroso y fuerte como el del mejor guerrero. Sus movimientos eran gráciles aunque algo faltos de feminidad, sin embargo emanaba una energía y una fuerza increíble. Tenía un atractivo que a Paris le resultaba difícil de definir, aunque en realidad tampoco tenía demasiado interés en hacerlo. Cuando se paró frente a ella y la miró directo a los ojos, la diosa le espetó:

-Si me haces dueña de esa manzana te daré sabiduría, prudencia y virtud. Esos dones te harían famoso y tendrías una habilidad militar única, así podrías conquistar el mundo.

Paris pensó en el valor que tenía para aquellas mujeres el prestigio que les daría la manzana de oro. ¿No se daban cuenta que todas eran hermosas, cada una en su estilo? Volteó en busca de la última “participante”. Afrodita esperaba tendida sobre el pasto, boca arriba, destilando sensualidad. Cuando vio que era su turno, rodó hasta quedar boca abajo y como si se tratara de un felino, sin perder contacto visual con el pastor, la diosa se acercó gateando para luego ponerse en pie, caminando seductoramente hacia el que tenía el poder de elegirla como la más bella. Estaba segura de ganar, porque era la diosa del sexo, del amor y sabía  lo qué querían todos los hombres.

Sin duda tenía un cuerpo espectacular. Desde su larga y abundante cabellera rubia, pasando por su rostro perfecto, la boca sensual e irresistible, los senos descaradamente apetitosos, cintura pequeña, cadera femenina, nalgas redondas, suaves, respingonas, y piernas torneadas como las columnas de un templo. Se acercó con paso gatuno y aproximándose al oído del joven, ronroneó:

-Si quieres poseer a la mujer más bella del Egeo, la más hermosa de todos los tiempos, deseada y pretendida por reyes, príncipes y héroes guerreros, elígeme y será tuya.

Paris se alejó de las diosas en silencio, dirigiendo sus pasos hasta donde Hermes había dejado la manzana de la discordia. La tomó en sus manos y la acarició, sabiendo que allí tenía el futuro prestigio de sólo una de las olímpicas damas. Con estudiada lentitud, se acercó a ellas, creando un ambiente de tensión al que las inmortales no estaban acostumbradas. 

No dijo nada, simplemente se puso de rodillas y bajando su cabeza estiró los brazos, entregando la manzana a la diosa Afrodita. Ante ese resultado, Hera y Atenea, despechadas, comenzaron a amenazarlo con venganzas y represalias tan terribles que asustaron a Paris.

-No temas –le dijo con firmeza Afrodita-, ellas no podrán hacerte daño jamás. Yo siempre estaré para defenderte.

Pero Paris, sin saberlo, estaba sentenciado desde el comienzo al odio y la ira de dos diosas, sin importar a cuál hubiese elegido. Las diosas eran inmortales, pero aunque vivían en el Olimpo, no perdían su condición femenina: sentían celos, envidia, ira, rencor y sólo pensaban en la forma de vengarse del pobre pastor. No comprendían que había elegido a Afrodita por lo que le había ofrecido más que por su belleza, que para él era similar en las tres. Paris sólo pensaba y soñaba con la bella mujer que le había sido prometida, a pesar de no conocerla ni imaginar quién sería.

Podría cortar la historia aquí, pero no quiero. Es una leyenda demasiado grandiosa como para dejarla inconclusa. ¿No tienen curiosidad por saber cómo se conocieron Paris y Helena y sobre todo, cómo se vengaron Hera y Atenea? Pues… Sigan leyendo y se enterarán.

No pasaron muchos días sin que llegara a oídos de Paris que en Troya se celebrarían juegos a los que decidió concurrir para presenciarlos. No fue solo, sino que llevó su ganado al que cuidaba con recelo. Al ver tan excelente ganado, uno de los hijos del rey Príamo de Troya le pidió al pastor que le regalara un toro para ofrecerlo como premio. Paris no quería, pero no tenía salida y tuvo que obedecer.

¿De qué forma podría obtener su toro de regreso? Era el más valioso de todos y no deseaba perderlo, así que se anotó en la contienda y resultó vencedor de todos sus hermanos, incluso de Héctor, el más fuerte. Cuando reclamó el toro, uno de sus hermanos enceguecido por la derrota lo hizo perseguir, y debió esconderse en el templo donde su hermana Cassandra era sacerdotisa. Ella, que tenía el poder de la adivinación, reconoció a su hermano y lo llevó al palacio ante su padre.

Príamo se sorprendió al verlo, pues lo había mandado matar al nacer porque el oráculo había dicho que Paris sería el causante de grandes trastornos y desgracias para su patria. Conmovido por la situación, el rey pensó que quizás habiendo pasado tanto tiempo, la predicción de aquel oráculo habría prescripto. Así que lo invitó a regresar al palacio con su mujer Enone y su hijo; allí Paris fue feliz pero su mujer añoraba la tranquila vida en los bosques. La joven presintió que aquel cambio de vida los haría infelices. Muchas fueron las veces que le rogó en vano a su esposo el regreso al hogar.

Helena y Paris

Una niña y un varón llamados Helena y Pólux habían nacido hacía varios años en Esparta, de un huevo que creció en el vientre de Leda, su madre y esposa del rey Tíndaro. Estos niños nacieron de una forma diferente por ser hijos ilegítimos de Zeus, y por lo tanto, inmortales. Leda tuvo dos hijos más, Clitemnestra y Castor, nacidos de otro huevo. Estos eran mortales por ser hijos de Tíndaro.

Helena y Clitemnestra fueron las mujeres más bellas de la historia de la humanidad. Siendo aún una niña, Helena fue raptada por Teseo hasta que sus hermanos Castor y Púlox la rescataron. Recordemos que en aquellos tiempos la mujer no tenía decisión propia y era poco menos que un juguete en manos del hombre que decidía poseerla, accediendo ella obediente a sus deseos. Generalmente se la consideraba por ese motivo, inocente.

Cuando Helena llegó a la edad del matrimonio, cuatro grandes hombres se la disputaron: Menelao, Filoctetes, Patroclo y Ulises –que aún no había conocido a Penélope-. No era común que una mujer decidiera con quién casarse, pero dado a que no se ponían de acuerdo, pactaron que se comprometerían a acatar la decisión de Helena, y que los no favorecidos cuidarían y defenderían por siempre al elegido, que fue Menelao.

Mientras todo esto sucedía en Esparta, en Troya el rey deambulaba por el palacio pensando en cómo alejar las posibles desgracias si se llegaba a cumplir el oráculo sobre Paris. Fue entonces que llegó un mensajero con la noticia de que su hermana Hesione, que había sido raptada por Hércules y ofrecida a Telamón -príncipe de Salamina que la tomó por esposa- había muerto. Príamo debía enviar a alguien a recoger la herencia. Sí, sin duda fue la excusa perfecta para alejar de Troya a su hijo y al mal que pudiera traerle.

Llamado a su presencia, Príamo le planteó a Paris la probabilidad de que cumpliera la misión de recoger la herencia de su tía, pero además conocer el mundo y vivir las aventuras que le habían sido negadas hasta ese momento. Paris pensó que sería una buena oportunidad para que demostrarle a su padre que era digno de confianza, pero en realidad lo que deseaba y no podía quitar de su mente, era la posibilidad de conocer a la mujer que le había prometido Afrodita.
Enone presintió que si Paris marchaba, todo acabaría. Le suplicó que no se fuera, que sería peligroso, que esa felicidad que tenían juntos podría acabar si él se iba.

-Paris, quédate. No te vayas, no te alejes de tu familia, de tu hijo y de mí.
-Mi querida esposa, sabes que te amo, pero… Siempre soñé con viajar, conocer otros sitios, vivir aventuras… Además ¿qué podría ocurrir? ¿Es que acaso ves algo que yo no veo?

Enone aceptó que ella no tenía el poder de la adivinación; sólo tenía ese presentimiento que tienen las mujeres cuando están seguras que algo pasará, pero nada que lo comprobara excepto un negro presagio en su corazón.

-Presiento calamidades, separación y… hasta muerte.
-No moriré mientras estés conmigo –dijo Paris entre risas-. Tú me curarás si me hieren.

Antes de casarse con Paris, Apolo le había concedido a Enone el conocimiento de la curación de las plantas, por lo que podía curar con ellas y así había salvado muchas vidas, por lo que se sentía seguro de que nada le sucedería.

-Paris, hay algo que tú no sabes. Apolo me concedió el poder de curarte siempre y cuando tu herida mortal no haya sido causada por otra mujer. Tú imaginarás que no te quiero curar, que lo hago por celos, pero en realidad es porque mi poder es limitado.

Pero el joven prefirió ignorar lo que le decía su esposa. Sus pensamientos estaban colmados de infidelidad, de lujuria, de deseos de conocer y poseer a la mujer que le había sido prometida: la más bella de todos los tiempos; ese deseo se le había vuelto obsesivo haciendo que ignorara las advertencias de su esposa.

Enone estaba tan dolida y desolada que prefirió no despedirlo cuando zarpó, sino con anterioridad. Luego regresó luego al monte Ida con su hijo, donde la soledad y la vida sencilla la colmaban más que la turbulenta vida palaciega.

En alta mar, las naves troyanas dirigidas por Paris se cruzaron con las griegas que llevaban a Menelao como capitán, y cada quien siguió su camino sin imaginar que el futuro los enfrentaría como enemigos mortales.

Mientras Menelao navegaba rumbo a la isla de Pilos a saludar a su amigo Néstor, Helena quedó reinando en Esparta como lo había hecho su padre, Tíndaro, que luego había dejado el reino a su yerno.

Cuando Paris atracó en Citerea, Helena fue notificada de aquel acontecimiento en forma inmediata, pues no era común que una flota troyana visitara tierras griegas. Mujer al fin y picada por la curiosidad, la reina organizó una expedición para, supuestamente, hacer un sacrificio a Artemisa en su templo. Dejó a su pequeña hija Hermione en manos de las nodrizas y con su séquito de doncellas marchó a Citerea. ¿Sería tan guapo ese príncipe troyano como se lo habían descrito?

Apenas desembarcaron se hizo llevar hasta el templo de la diosa, donde entró presurosa. Un cuerpo varonil, grande y musculoso, la hizo rebotar atrapándola en el aire antes que cayera y ayudándola a ponerse en pie. Paris y Helena quedaron enfrentados, mirándose a los ojos en el más completo silencio. El tiempo se detuvo en ese instante, la historia tomó nota del encuentro y el dios Destino abrazó las urnas fatales de los futuros amantes, mientras dictaba órdenes a las parcas para que tejieran los hilos de la vida y el destino del troyano y la griega. Fue un encuentro grandioso, la colisión entre una pasión que como tal no tendría razones ni sentido, pero que tenía un sino forjado de antemano.

¿A dónde puede llegar la ansiedad de un hombre por poseer una mujer? Creo que la respuesta está en Paris. Después de verla y conocerla, la pasión descontrolada del joven hizo que su único pensamiento se convierta en obsesión. No era capaz de pensar y menos aún de razonar. Dejó de interesarle la herencia de su tía, la misión encomendada por su padre, y ni siquiera recordaba a su esposa o a su hijo. Su mente se llenó de un nombre, un rostro y una figura femenina: Helena. La excitación era por parte de ambos, pues la joven sólo pensaba en volverlo a ver para seducirlo, olvidando esposo, familia, trono y país. Deseaba sentir el calor de aquellos brazos fuertes que la habían protegido, la tibieza del aliento tan cálido y envolvente como la brisa del Egeo, sus cabellos dorados enmarcando una cara perfecta, los ojos del color del mar y las manos fuertes, ávidas de ella. Se sentía deseada como nunca, y a su vez deseaba poseer y ser poseída por aquel troyano con cuerpo de dios y rostro de príncipe.

La reina lo recibió en el palacio con todos los honores dignos de un príncipe y embajador de un país amigo: tuvieron un festín grandioso para Paris y toda la tripulación, donde fueron atendidos y obsequiados con todo tipo de manjares y vinos de la mejor calidad. Para devolver la cortesía, Helena aceptó la invitación del capitán de visitar su navío, acompañada de su séquito. Helena era suficientemente hermosa como para no necesitar vestimenta especial o perder horas ataviándose para lucir más grandiosa, pero aún así lo hizo. Apareció en el barco deslumbrante y fue recibida con todos los honores por Paris y su tripulación que se postraron a sus pies, admirando y adorando la belleza de la homenajeada.

La fiesta comenzó, y entre el fragor de los amores y los vapores del vino, los barcos se hicieron a la mar llevando en sus entrañas el más valioso tesoro imaginado por un hombre: la mujer más bella de todos los tiempos junto a su séquito de doncellas.
 
¿Era Helena conciente de que estaba siendo “raptada”? ¿Era rapto o huída? Pensemos una vez más que en la mente machista de esa época, las mujeres no tenían pensamiento propio y se limitaban a obedecer al hombre que las mandaba y dominaba. O al menos, eso creían ellos, pero mujeres de la talla de Helena o de su hermana Clitemnestra, o de Atalanta, Safo de Lesbos y muchas más, hacen que dudemos de esa teoría machista. Posiblemente Helena tenía muy claro qué estaba haciendo cuando tomó la decisión de subir a la embarcación de Paris. Sabía que estaba dejando a Menelao y cambiándolo por la frescura y el vigor del joven pastor. Sin duda se había enamorado de la belleza de Paris y no dudaba en abandonarlo todo por seguirlo. Pero dejaré que cada uno saque sus propias conclusiones y juzgue a la pareja como crea conveniente, mientras nos meteremos en la intimidad del lugar donde se hallaban los protagonistas.

¿Cómo sería hacer el amor con la mujer más hermosa de todos los tiempos? Eso estaba por descubrir Paris mientras besaba y recorría la piel suave y tersa de la reina. La promesa de Afrodita se estaba cumpliendo y el joven no tenía más deseo que hacer suya aquella mujer, que gemía tímidamente ante los embates del vigoroso y excitado mancebo. Fue una larga espera que estaba dando sus frutos. Las naves navegaban tranquilas por las aguas del Egeo, mientras que en su interior el amor y la pasión hacían volar a los integrantes de aquella pareja, subiéndolos a las estrellas o sumergiéndolos en profundos abismos. Luego de amarse varias veces, conociendo cada una de las células de la piel de su pareja, se volvieron a amar una vez más. Bajo el cuerpo de Paris, Helena se convertía en arcilla que envolvía perfectamente sus muslos, eran cóncavo y convexo, complemento perfecto en el sexo y el amor. Cuando Helena estaba encima de su hombre, se convertía en un águila con las alas desplegadas para volar hacia el éxtasis de la pasión; Ave Fénix, domadora de monstruos de un solo ojo, felina de largos cabellos, amazona con caballo desbocado al que sólo ella podía frenar…

Los días siguientes fueron igual de fogosos para la pareja. La juventud, el ardor, la pasión y el esperma urgente del príncipe hacían que vivieran pensando en amarse una y otra vez. Los amantes no subían a cubierta más que en las noches, y sólo por un rato.

Una mañana la pareja subió a cubierta con ganas de jugar y compartir la felicidad que ellos tenían. Habían estado hablando y decidieron subastar a las doncellas de la reina. La algarabía de los marineros era notoria, y todos estaban dispuestos a participar. Pero para que fuese algo justo, la reina había puesto una condición: la elección se haría al revés de lo habitual, sería la doncella quién eligiese a su dueño. Los días que habían pasado juntos, habían servido para conocerse, pero aún así, quiso la reina que los marineros mostraran claramente sus “cualidades y virtudes”, para que luego no hubiese quejas, así que se quitaron todas sus prendas y permitieron que las mujeres eligieran sin pudores a su futuro dueño y esposo. Hubo quienes eligieron a los más dotados, pero también se habían forjado algunos amores. En los casos en que un hombre era codiciado por más de una mujer, él decidía finalmente con quién quedarse y la que quedaba libre debía buscar otro candidato.

Sentados en la cubierta en sendos tronos, Helena y Paris disfrutaban el espectáculo y reían felices, mientras la flota seguía viaje con rumbo certero. Cuando llegaron a la isla de Grane se dispusieron a desembarcar. Paris bajó a un bote donde recibió en brazos a Helena. No tardaron mucho tiempo en instalarse y formar una población. Paris y Helena se casaron y residieron en la isla por mucho tiempo, sin pensar en otra cosa que no fuese ser felices. Tanto uno como otro se olvidaron de todo y de todos.

Pero no todo sería felicidad e inconciencia.
 
Una tarde como tantas, Paris caminaba por la isla cuando ante él se aparecen Hera y Atenea, que sin darle explicaciones lo llevan al Olimpo y lo arrojan a los pies de Zeus. El joven, al darse cuenta dónde estaba y ante quién, se pone de rodillas saludando al dios de los dioses. El dios, visiblemente enojado, caminaba alrededor del príncipe hasta que se paró ante él. La bofetada que cruzó la cara de Paris resonó fuertemente. El joven guardó silencio pues imaginaba el motivo del castigo.

-Eres una vergüenza, mortal –dijo Zeus enojado, mientras que arrojaba rayos hacia la tierra y vociferaba terribles maldiciones-. ¿Es que acaso no tienes códigos? ¿Es que no recordaste que Helena tenía dueño y que pertenecía a tu anfitrión aunque él no estuviera presente? Raptaste a Helena, te la llevaste, olvidando además que yo, Zeus, el padre de todos los dioses, fui el padrino de la boda de Helena y Menelao, por lo que me veo en la obligación de cuidar esa pareja. Menelao ofreció sacrificios en mi honor, me pidió ayuda y no puedo ni se la quiero negar.

Paris estaba perdido y no podía huir. No sabía qué castigo le impondría el dios, pero debía aceptar todo, aunque no quería. No sabía si hablar o callar, nunca había sido demasiado seguro y tenía miedo de lo que le podía pasar.

-Recibirás un fuerte castigo pero no seré yo quien te lo aplique, estoy demasiado enojado para hacerlo, así que le pedí ayuda a mi esposa Hera y a mi hermana Atenea. Creo que ustedes ya se conocen ¿verdad? –dijo Zeus con un tono de voz burlón.
-Claro que nos conocemos y muy bien –respondió Hera.
-Este pastor nos hizo desnudar para mirar nuestros cuerpos y luego despreciarnos –dijo Atenea con un tono que a Paris se le antojó de venganza.

Estaba perdido. Zeus quería castigarlo y las diosas querían venganza, no tenía salvación. Entonces recordó a Afrodita y la invocó. La diosa apareció de inmediato.

-¿Qué sucede aquí? –preguntó incrédula la diosa más bella.
-Sucede que he mandado traer a tu protegido para castigarlo, y ni tú ni nadie podrá impedirlo –bramó Zeus.
-Mi diosa Afrodita, invoco tu ayuda porque tú prometiste cuidarme, me dijiste que no me pasaría nada jamás.
-Y así es, no permitiré jamás que Hera y Atenea te dañen, pero no es este el caso. Aquí el que te está castigando es Zeus, no ellas que sólo acatan las órdenes que se les da. Yo cumplí con el pacto: la mujer más bella fue tuya. Tuviste un deseo y se te cumplió, pero… nunca pensaste o mediste las consecuencias que traería el cumplimiento de ese deseo, Paris. Rompiste un código sagrado como es yacer con la esposa de tu anfitrión. Y no conforme con eso, también la raptaste. Fue tu error y no puedo hacer nada por ti.

La hermosa diosa desapareció con la misma celeridad que había aparecido, mientras que Atenea arrastraba al hombre hasta un costado y lo ataba abrazando una columna. Sin decir nada lo despojó totalmente de sus vestiduras mientras que Hera, parada tras él, comenzó a azotarlo. Nunca había sido azotado y cada golpe era de un dolor increíblemente agudo. No supo cuántos azotes recibió, pero fueron muchos.

Lo dejaron descansar un rato antes de desatarlo para cambiarlo de posición. Esta vez levantaron sus brazos dejándolo atado en puntas de pie. Mujeres al fin, sabían cómo excitar al joven hasta llevarlo al momento del orgasmo, impidiendo luego la eyaculación, lo que le producía grandes dolores en sus testículos.

-¿Disfrutaste mucho humillándonos, mortal? –le susurró Hera-. ¿Recuerdas cuando me dijiste que si mi cuerpo no era lo suficientemente hermoso para mostrarlo? Eso me molestó mucho… sólo quería que lo supieras.

Se acercó a Zeus y le dijo algo en voz baja. “Tienes mi permiso”, contestó el dios sonriendo. Fue entonces que Hera soltó al joven y le hizo ponerse en cuatro patas, obligándolo a pasearla sobre su espalda, ante las risas humillantes del dios y Atenea. Cuando se cansó lo hizo salir a la intemperie y quedarse allí hasta que fuera llamado. Quizás fue el cuerpo dolido, quizás el cansancio, pero a pesar del frío no tardó en quedarse dormido.

No supo cuánto tiempo pasó. De repente se vió convertido en un caballo y fue obligado a tirar del carro de Atenea, recibiendo sendos latigazos sobre su lomo. Sin saber cómo, pasó de ese estado a estar formando parte de una jauría de perros, persiguiendo un jabalí para después tirarse a los pies de Atenea, que lo castigaba y despreciaba mientras lo enviaba a quedarse con los demás perros… El poder de Zeus era grandioso y lo estaba utilizando con él; sólo esperaba que en algún momento el dios le permitiera regresar a la tierra.

Estuvo varios días siendo usado como animal de carga o perro y castigado con o sin razón y durmiendo en el suelo. Una vez se despertó y fue arrastrado hasta una sala donde estaba sucediendo una orgía. Zeus le puso un collar de esclavo y gritó:

-Este esclavo es nuevo, y está listo para ser usado por quien lo desee…

Un grupo de bellas mujeres se acercaron a él obligándolo a satisfacerlas. Tuvo que hacer uso de su lengua, manos, miembro… Era agradable, pero no le dejaban descansar. Cuando lograron dejarlo exhausto, se retiraron. Pero no quedaría solo…

Pericles era un hombre que gustaba sodomizar a otros hombres. Paris era hermoso, y tenía un cuerpo tentador. Sus nalgas pétreas y jóvenes fueron la tentación que decidieron a Pericles a poseerlo. 

Jamás Paris había hecho algo así, a pesar de ser una práctica común. Su pareja circunstancial era alguien experimentado, pero no sería paciente con un esclavo que estaba sólo para servirlo. Tomó un poco de aceite para hacer más fácil la penetración y procedió. El joven sintió un dolor desgarrador y lanzó un grito violento. Los embates de Pericles junto con el dolor y el cansancio, hicieron que Paris aflojara sus músculos, lo que permitió, en cierto modo, sentir de otra forma la violencia de la que había sido objeto. Nunca había sentido esas sensaciones que, si bien habían comenzado como un castigo, terminaron siendo placenteras.

Pasaron varios días antes que Zeus devolviera al joven a la isla. Cuando lo hizo, Paris le confesó a su amada Helena el motivo por el cual el dios lo había castigado, pero jamás le contó cómo había sido el castigo.

Esta historia fue el comienzo de la guerra de Troya; la leyenda de la manzana de la discordia termina aquí. Si es que les ha gustado, volveré con otro mito, otros personajes, otra historia y… otra manzana.

viernes, 14 de mayo de 2010

LA CAUTIVA

Era una noche calurosa de verano y yo daba vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño. No sé cuándo quedé dormida profundamente hasta que el calor del fuego hizo que me despertara para encontrarme tirada en medio del caos y la confusión. Me sentía obnubilada y perdida entre los gritos de las mujeres y los jinetes que cabalgaban a mi alrededor. No entendía qué estaba pasando…

El humo se metió en mis fosas nasales y parecía que se me había instalado en la cabeza. La imagen de la población en llamas quedó en mis pupilas, junto con los cuerpos que yacían por todos lados. Alguien me arrastró hasta una carreta al igual que a otras mujeres del pueblo. No entendía nada, casi todas iban llorando lastimosamente, despeinadas, sucias, descalzas, vestidas con ropas raídas, y yo estaba en similares condiciones, pero me mantenía aparentemente serena. Todas íbamos atadas, con las manos adelante, mientras a nuestro alrededor cabalgaban soldados; por sus uniformes y su lenguaje eran los invasores portugueses que en su interés de conquista arrasaban los pueblos, mataban a los hombres y tomaban cautivas a las mujeres.

Uno de los soldados me miraba descaradamente, con mirada lasciva, con hambre de macho en celo, necesitado de descargar sus ganas sin importar mucho dónde. Lo odié con mis ojos y con mis gestos, pero él sonrió desde su superioridad, burlándose de mi desventaja, sabiéndose ganador por anticipado. Con mis 19 años sabía que no le era indiferente a los hombres. Tenía un cuerpo armonioso y túrgido, los ojos celestes y el pelo colorado, aunque ese día lo llevaba tapado con un enorme pañuelo.

En mi fuero interior, quería hacer algo para sacar a estos hijos de P…ortugal de la Banda Oriental. Corría el año del Señor de 1811 y según se decía, el espíritu emancipador comenzaba a expandirse por todo el continente. Mi tío Isidoro, jesuita él, me enseñó a leer y escribir, además de darme la educación de un varón. Gracias a él conocí historias de mujeres como la de Margaret Cochran, la primer soldado del ejército del país de George Washington, quien en plena batalla, tomó el puesto de su esposo para seguir combatiendo y su cañón fue el último en caer. La Capitana Molly, así la llamaban. Sentía deseos de ser como ella y desterrar a los malditos portugueses.

Mientras que estaba sumida en esos pensamientos, la carreta se introdujo en un enorme bosque de eucaliptos. Al llegar a un claro, nos hicieron descender a todas de la carreta. Seríamos unas doce o quince. ¿Qué harían con nosotras? El temor se apoderó de mí, pero no se los iba a demostrar. Sin el menor escrúpulo y con toda rudeza, nos tomaban una a una y nos colocaron en un círculo en el medio del claro del bosque. Todas sentíamos miedo, pero algunas lo demostraban más. En el forcejeo o en la mansedumbre de cada una de las mujeres, el toqueteo y manoseo por parte de los soldados era inevitable. Cuando llegó mi turno, me mostré altiva y no permití que me tocara aquel maldito portugués, sino que bajé por mis propios medios, me coloqué y me puse en posición para que me atara. Eso lo descolocó, pero no me liberó de sus manos, pero él tampoco se liberó de mis escupitajos. Sonriendo limpió su rostro y con el mismo ademán, la mano recorrió el camino de regreso, para con el dorso darme vuelta la cara de una bofetada. El duro golpe me hizo perder estabilidad y caí estrepitosamente sobre el pasto, pero enseguida me reincorporé y volví a tomar la misma posición de altivez que había tenido: el cuerpo erguido, la frente en alto, la mirada desafiante y fría. Sentía correr la sangre de mi labio y el dolor hacía que pareciera que el rostro se me había hinchado a niveles inimaginables. Levantó su mano para golpearme otra vez, pero se contuvo. Me tomó atándome las manos a la espalda y caminó a mi alrededor hasta que se detuvo al enfrentarme. Todos nos miraban: soldados y cautivas. Sus sucias manos se acercaron a mi rostro, pero di vuelta la cara. Posó sus manos en mi cuello, y comenzó a bajarlas por mi pecho hasta alcanzar el nacimiento de la blusa, que sin ningún miramiento rasgó, dejando mis senos al aire. Comencé a moverme, a pegarle patadas, pero era poco lo que podía hacer, me empujó al suelo y cuando se arrojó sobre mí. Hundió su asquerosa cara entre mis pechos a los que apretó y succionó con desespero. Fue entonces que se incoropó levemente y dando un grito que pareció una orden, el resto de los soldados se abalanzaron contra el resto de las cautivas. Era una violación en masa.

El soldado que me había elegido se arrodilló sobre mis piernas, obligándome a abrirlas y sin permitirme movilidad, dado que al estar posado sobre mi falda y yo con las manos atadas, no era mucho lo que podía hacer, excepto moverme levemente. Mientras me miraba desprendía su pantalón y sacaba a relucir un enorme pene carnoso, venoso, henchido de sangre y deseo. Miré hacia los costados y todos estaban gozando de un sexo desenfrenado, convertidos en animales salvajes saciando su más bajos instintos. El soldado me miró una vez más con su enorme herramienta entre sus manos a la que acariciaba despacio. Se incorporó levemente, apenas para poder levantar la tela de la falda y dejar mi cadera y mi intimidad a su disposición. De poco sirvieron los pataleos, las patadas y mis movimientos, excepto para lograr que su excitación fuese aún mayor.

Sentí cómo su enorme pene se introducía en mí, mientras me tomaba de la cadera, hasta que en cierto momento lancé un grito desgarrador cuando de un solo embiste me penetró por completo. Era tanto su deseo que le bastaron unos pocos embistes más para que saliera de mis entrañas y arrojara todos sus fluidos sobre mí. Pero no era suficiente para él, aún quería más.

Me tomó de los hombros y contra mi voluntad me colocó boca abajo, dejando mis nalgas al descubierto. Mis nalgas jóvenes y suaves fueron su siguiente blanco. Imaginé su intención sin temor a equivocarme; sus manos y movimientos me dieron la razón. Me retorcí como pude para ver qué hacia, pero se me dificultaba porque tenía una rodilla sobre mi cadera. Así que por el rabillo del ojo pude ver como se empapaba el pene con su propia saliva, antes de apretar mis piernas con sus rodillas y abrirme las nalgas con una mano, mientras que con la otra apuntaba hacia el preciado orificio. Mis gritos y mi desesperación se unieron al del resto de las mujeres, que estaban siendo ultrajadas por aquel puñado de animales en celo.

Estaba perdida y aún así no pensaba en rendirme, cuando lo sentí dar un grito de dolor. Una lanza cruzó su pecho haciéndolo caer inerte a pocos centímetros de mi cuerpo. El caos fue aún mayor que hasta ese momento: los soldados intentaron tomar sus armas, pero los pocos que lograban alcanzarlas no eran capaces de disparar. Apareció como de la nada una horda de indios: eran los charrúas. Lanzas, boleadoras, rompecabezas de piedra y algún tiro perdido que no encontraba dónde insertarse, volaban por el aire.

Un jinete entró al claro galopando y a los gritos, con una voz de duro tono, firme. Era ese tipo de voz reservada para los que mandan y lideran. No comprendí el lenguaje, pero supuse que eran órdenes. El indio con el rebenque colgando de la muñeca, montando un enorme caballo bayo que parecía orgulloso de su pelaje dorado con las crines y la cola más claras. El jinete tenía el corcel que se merecía y juntos formaban un cuadro magnífico. Sentí a mis espaldas el estampido que dio cuando golpeó el suelo al desmontar, y lo escuché encaminarse hacia mí. Una piedra que venía en mi dirección llamó mi atención, pero cuando quise esquivarla un golpe en la cabeza hizo que todo se volviera negro y perdiera el conocimiento.

No supe nada más hasta que me desperté. El indio del caballo bayo me tenía en sus brazos y al mirarme esbozó algo que quiso ser una sonrisa. Cabalgábamos en medio de las sierras cuando volví a perder el conocimiento, supongo. Percibí cuando nos detuvimos y me bajó del caballo para depositarme en el suelo; sentí frío en el pecho, y al llevarme las manos hacia allí noté que estaba descubierta. Como pude, me tapé sin dejar de mirarlo. Bajé la cabeza y vi unos pies grandes, curtidos supuse que debido a las largas caminatas, que sostenían unas piernas musculosas y con algunas cicatrices. Su taparrabos era de un cuero muy bien curtido, más grande en la parte delantera que por detrás; al caminar, dejaba ver los costados de sus firmes glúteos. El pecho carente de toda vellosidad, mostraba una musculatura forjada a fuerza de trabajo y vida al aire libre. El cuello era corto y sostenía una cabeza con cabellos negros y lacios. Lo que más me llamó la atención fue el color de su piel: no era blanco, pero tampoco tenía el color cobrizo de los indios, era el color del bronce que daba el sol. Supuse que era mestizo: mezcla de india con blanco. Entonces vi su rostro: era un rostro que ya había visto anteriormente, yo conocía a ese hombre pero no sabía quién era. No puedo decir que hermoso porque mentiría, pero su mirada reflejaba una dureza y un dominio que me impresionó. Ese hombre me gustaba demasiado y no hacía falta que mostrara ninguna pluma especial, ni la capa de plumas, ni ningún elemento que demostrara su linaje: era sin duda el cacique de aquella tribu.

Cuando vio mi mirada noté en él un leve estremecimiento. Creo que mis ojos azules lo impresionaron, no sé si bien o mal, pero sin duda que lo impresionaron. Se alejó de mí sin decir palabra. Estaba anocheciendo y gritó algo que sonaba a órdenes. Los indios comenzaron a armar una fogata y por los movimientos parecía que pasaríamos allí la noche. Fue entonces que noté que habíamos sido trasladadas. Posiblemente cada indio se había hecho cargo de una mujer, y a mí me había tocado el más… interesante. Sí, esa era la palabra: interesante.

Fuimos alimentadas con carne de tatú asado, y nos dieron a beber toda el agua que quisimos. El adormecimiento y el dolor de cabeza aún me perduraban. Todo estaba en tinieblas y no lograba recordar con exactitud detalles que deberían ser evidentes.

Era verano, así que gracias a las fogatas distribuidas en diferentes puntos del campamento, no tuvimos frío. Con mil preguntas en la cabeza logré dormirme una vez más gracias a la piel que el cacique me dio.

A la mañana siguiente, estaba medio entumecida por la posición en la que había pasado la noche. Sentí que me ayudaban a ponerme en pie. Era él. Las demás mujeres fueron subidas a la carreta. Yo, en cambio, fui obligada a montar en la parte posterior del caballo del cacique. Como la dama que soy, me acomodé detrás de él, de costado y con las piernas juntas. Miró hacia mí y sonrió, en tanto clavaba los talones en el caballo que comenzó a caminar mientras yo caía al suelo y sentía su risa. Mientras que me incorporaba, se acercó a mí. No corrí, sería estúpido hacerlo, no era el momento. Él lo sabía y yo también. Pero ignoraba qué tan segura estaba yo con aquel indio. ¿Por qué me llevaba con él? ¿Qué quería de mí? ¿Para qué separarme del resto de las mujeres?

Me ayudó a montar nuevamente detrás de él, pero esta vez lo hice con las piernas abiertas. Tomó mis muñecas y las posicionó con mis brazos rodeándolo. Así comenzamos a cabalgar en dirección norte, mientras que el resto se dirigía al oeste. De vez en cuando él decía alguna palabra pero no me era posible entenderlo. Así que usé una táctica muy femenina: comencé a hablarle sin parar. Como no sabía que decir, le conté lo que recordaba de mi vida, mis sueños, mis ilusiones. También le dije que era un indio muy guapo, que me gustaba su voz, su don de mando, su virilidad y… sus muslos; de todos modos él no podía comprenderme.

Llegó un momento en que me sentí exhausta. No estaba acostumbrada a cabalgar tanto, y me recosté sobre su espalda. No le sentí mal olor, y su piel era agradable al tacto. El paisaje era suavemente ondulado, con pequeños montes, verde y con varios arroyos de aguas cristalinas. Al llegar a lo alto de un monte, me hizo soltarlo y se bajó del caballo a otear el horizonte. Era mi oportunidad.

Cuando había caminado unos pasos tomé las riendas del caballo y con las mismas lo azoté para que corriera. No había caminado más de cinco metros cuando un silbido agudo hizo parar al equino de golpe, mientras yo volaba por los aires yendo a parar unos metros más adelante. El golpe había sido bastante fuerte y entre eso y el cansancio casi no podía moverme. Vi sus pies a mi lado y traté de incorporarme pero me costaba mucho por el dolor de la caída. Me dejó moverme como asegurándose de que no tenía nada roto; inmediatamente me tomó del pañuelo de la cabeza haciendo que se saliera. El paño quedó en su mano y mi cabellera fue liberada. Una cascada de pelo rojo como una bocanada de fuego quedó a merced del viento. Lo miré y noté su sorpresa. Seguramente jamás había visto una mujer blanca, con los ojos azules y el pelo rojo. Su sorpresa duró unos pocos segundos.

-¿Cómo te llamas? –me preguntó en un perfecto español.
-Ernestina Ortiz –contesté.
-Mi nombre es Manuel, pero me llaman “el caciquillo” –dijo sin que le preguntara.- ¿Por qué te escapabas? ¿Me tienes miedo acaso?
-Sí… Ya no sé ni en quién confiar.
-Puedes confiar en mí. No te haré daño si me obedeces.

Con el fuego preparado sacó de una especie de alforja algo de tasajo –carne salada y seca- y esa fue la cena. Mientras comíamos me contó que era hijo de la india Guruyá y que su padre era un militar, un blandengue. Había aprendido el español con unos sacerdotes franciscanos que también habían educado a su padre, por eso podía hablar bien los dos idiomas, además de saber leer y escribir. Él se dirigía al noroeste junto con sus guerreros, al pueblo de Paysandú, a apoyar las fuerzas de liberación. Habían visto el humo de su poblado pero llegaron tarde, así que siguieron las huellas y decidieron atacar a los soldados y liberar a las mujeres.

A la mañana siguiente cuando desperté decidí bañarme en el arroyo que corría a pocos metros. Me quité los pocos harapos que me quedaban y me metí en el agua, que se sentía helada sobre mi piel, pero aún así me hundí y permití que las aguas borraran hasta la última huella de aquel asqueroso soldado. Sentí frío y decidí salir. Manuel me esperaba en la orilla. Fue agradable sentir el calor del sol.

No me había dado cuenta de la cara del indio. No la supe interpretar. No supe si era deseo o enojo, o una combinación de ambas.

-¿Por qué te fuiste sin decirme nada?
-Es que estabas durmiendo y no quise despertarte.
-Pero me desperté y me asusté. Pensé que te habías ido.
-Solo fui a bañarme. ¿Dónde voy a ir? No tengo idea dónde estamos y tampoco tengo idea de dónde está mi ropa.
-No la necesitarás ahora mismo, porque voy a hacer contigo lo que los curas me hacían cuando me portaba mal –respondió Manuel tomándome de las muñecas.

Mi cuerpo desnudo fue a dar sobre las rodillas de Manuel, que no tardó nada en comenzar a nalguearme con su mano enorme y pesada. Sentía su mirada, sentía que estaba gozando con aquellas palmadas en mis glúteos. De repente me vi en el suelo y él estaba tocándome sin ningún pudor. Su mano recorría el surco que separa las nalgas y sus dedos llegaron a mi vulva haciéndome gozar y desear que me hiciera suya sin rodeos. Me conocía, sabía dónde tocarme, sabía qué era lo que me gustaba…

En ese momento se colocó encima de mí, ambos boca abajo. Sentí su voz en mi nuca diciéndome:

-Ahora que estás más en la posición que me gusta, serás mía una vez más…

¿Cómo que una vez más? Entonces sí lo conocía… Su lengua comenzó a abrirse camino en mi ano, haciendo que cerrara los ojos y me moviera al compás de sus lengüetazos, suaves o violentos de acuerdo a los movimientos. Un par de dedos vinieron a unirse a aquel pedazo de carne que sabía cómo y dónde moverse. Cuando creyó que ya estaba preparada se colocó encima de mí y su pene se introdujo lentamente en tanto yo me movía como una serpiente para lograr que me penetrara lo más posible. Sentía que aquel hombre ya me había hecho el amor otras veces, y ¡cómo me gustaba!

Sus manos tomaron mis pechos y los pezones fueron estrujados sin piedad. Sentía su aliento sobre mi nuca, su jadeo convertido en un lenguaje que sólo el placer del sexo podía entender. Me colocó en cuatro patas y tomándome de la cintura me empujaba con su cadera y su pene logrando que gritara de placer. Sus jugos colmaron la capacidad de mis entrañas y los líquidos comenzaron a fluir, mojando mi entrepierna. Me dejó allí tirada y se tiró a mi lado. Transcurrieron unos momentos cuando un chillido agudo e intermitente estalló en mis oídos.

Una lluvia de nalgadas cayó sobre mí. Me ardían, me picaban, me dolían… Como si no pesara nada volvió a ponerme sobre sus rodillas hasta dejarme el culo más rojo que una amapola. Trataba de cubrirme con las manos pero era imposible.

El chillido había terminado, pero comenzó a sonar otra vez. Abrí los ojos…

Las sábanas estaban tiradas a los costados de la cama, lo mismo que las almohadas. No entendía nada…

-Ernestina… anda mujer, levántate. El despertador ha sonado ya dos veces y tú nada. Te he hecho el amor por tus agujeritos, te he nalgueado, te he besado, hasta te he pasado un paño húmedo para que te despertaras, pero nada dio resultado. Fue una noche de muchísimo calor, esta habitación parecía en llamas. Yo tampoco pude dormir. Me desperté, fumé, te toqué… y tú nada.
-¿Manuel? ¿Eres tú mi amor? Entonces… ¿Todo fue un sueño? -dije refregando mis ojos.
-Bueno… por mi parte todo no –dijo metiendo su mano en mi entrepierna- Aquí están los restos de mi firma. Fue muy agradable y creo que tú gozaste muchísimo… incluso las últimas nalgadas, ¿verdad? Jajajajajaajaaa… Anda, levántate a ducharte que se nos hace tarde. Tú tienes que examinarte en Historia y yo debo ir a trabajar.
-Sí, creo que mezclé el sofocante calor con el deseo y la Historia, Manuel. Ya te contaré el sueño ya que tú eras protagonista.

En fin. Como decía Calderón de la Barca: “La vida son sólo sueños y los sueños… sueños son”