domingo, 15 de marzo de 2015

CARONTE ENAMORADO

Quiero aclarar que la primera parte pertenece al Señor Caronte Leeialo. La segunda parte es mi escritura pero basada en una idea de ambos. Le agredezco que me haya permitido la continuación de la historia. Pronto tendrán la tercera y última parte.

PARTE I


Prendo la vela que simboliza el fuego de este viaje. Atravieso el río Aquaronte, ese lugar donde los dioses hicieron sus juramentos más poderosos, dirigiéndome al lugar de la entrega. 

Te veo desde lejos y a medida que mi barca se acerca, puedo observar las dos monedas usadas como venda para cubrir tus ojos. No conoces tu destino y estás temerosa, pero el contacto con mi mano te tranquiliza y subes a mi bote. Te abandono en la proa como a cualquier otro pasajero, pero desde mi lugar de remero tu soledad me estremece y por una vez, Caronte se apiada de la fragilidad de un alma. 

Te traigo a mi lado para colocarte delante de mí, entre mis piernas, donde estarás protegida de las oscuras aguas del Estigio. “Puedes confiar en Caronte –susurro en tu oído-. Mientras estés bajo mi protección, nada malo podrá sucederte”. Levantas la cabeza buscando mi voz y sonríes confiada. 

El remo golpea las aguas y el viaje comienza, llevándote como la carga más preciada. Miro la vela que exhibe una llama tenue pero firme, indicándome que ya no temes, que te sientes segura a mi lado.


¡Pobre alma condenada! Tú ignoras un destino que yo conozco y no quiero para ti. 
La rebeldía surge en mi pecho y sube hasta mi garganta hasta morir en un grito ahogado por la impotencia. Te miro, mi sangre hierve y decido desobedecer, romper las reglas, desafiar a los dioses con tal de salvarte del destino que ellos han decidido para tí. 

Yo, Caronte, te elijo entre todas las almas para que si tú también lo deseas, me pertenezcas y te quedes a mi lado por toda la eternidad. Pero para eso debo salvarte primero y aguardar tu regreso.

Hago la maniobra que ya he realizado tantas veces para regresar a la orilla donde te recogí.

Tú ignoras el significado de no cumplir mi tarea por primera vez, solo percibes el cambio de rumbo, mi remo clavándose en las espesas aguas y mi ansiedad por volver a la orilla.
"Ven conmigo, pequeña. Hemos llegado", digo mientras te tomo en mis brazos para llevarte hasta tierra firme y allí quitarte las monedas de los ojos. Cuando recuperas la vista, reconoces que estás en el mismo lugar donde te dejaron. 

"Vete. Eres libre", agrego señalando la salida. Levantas tus ojos buscando los míos, pero como no logras verlos bajas la mirada y te vas. 
"Ahora conoces el camino y puedes volver cuando quieras.” Mi voz te detiene y giras para mirarme con una sonrisa. “Te estaré esperando siempre. Si vuelves, tienes mi palabra que jamás te dejaré del otro lado porque Caronte es capaz de hacerlo, pero... solo por tí."

Caronte Leeialo



PARTE II



De espaldas al río, ella oye como la barca se aleja pero no se anima a moverse, mucho menos a mirar atrás. 

¿Qué hacer ahora, hacia dónde ir? ¿De qué le sirve su libertad? Tampoco puede quedarse, así que comienza a deshacer el camino. Al pasar entre las almas de los indolentes, condenadas por su indiferencia, se llena de sentimientos encontrados por los que están allí. Siente lástima y asco al verlos; rechaza los gritos que exacerban su repulsión, pero la eterna condena al dolor y al sufrimiento logran conmoverla.

Casi corriendo huye hasta llegar al bosque infectado de fieras salvajes. Allí se detiene porque sabe que si se mete allí sola no sobrevivirá; opta por buscar una piedra donde descansar y poder pensar...

¿Qué hace allí una mortal cuando Cloto sigue hilando la hebra de su vida, Láquesis le da más varas de hilo para su existencia y Átropos decide no cortar todavía el hilo del que pende su existencia mortal? Si las Moiras la dejan vivir ¿por qué está en ese horrible lugar?

Ella conocía la respuesta: Hera. La diosa está celosa de su belleza de su cuerpo y de la luminosidad de su alma. ¿Qué culpa tenía de que Zeus se enamorara de ella? ¿Era justo que Hera la condenara al inframundo por culpa de los devaneos de su esposo? Siendo un ser vivo en el mundo de los muertos, fue conducida hasta la orilla del río Aquaronte por los enviados de la diosa. La arrancaron del mundo con la capa que la cubre por completo y las dos monedas que le colocaron bajo la venda cuando la abandonaron en la orilla del río. Pero ella no había suplicado, ni a Hera ni a sus esclavos.

Tal vez Caronte la dejó ir porque vio en ella algo especial y diferente. O quizás fue porque sabía que no era un alma condenada. No era la primera vez que debía cruzar a un ser vivo que por alguna razón descendía a los infiernos. Ella sabía que el barquero había llevado a Orfeo cuando fue a buscar a Eurídice, a Psiquis en su periplo en busca de Eros, y hasta al mismísimo Hércules en su última tarea, cuando debía capturar al Cerbero, el perro de tres cabezas guardián del inframundo. Los tres entraron y salieron vivos y regresaron al mundo, pero ella ¿para qué regresaría? Si Hera se enteraba se enfadaría mucho más. Su belleza solo le había traído problemas, ¡hasta con los dioses!

Entonces Caronte vuelve a su memoria. El barquero, con aquel atuendo oscuro que no permitía ver su rostro pero imponía temor y respeto a quienes se acercaban, no solo le había dado amparo, protección y cuidados, sino que hasta se arriesgó a ser severamente castigado al desobedecer a Hera y liberarla. Nadie había sentido por ella tanta piedad.

Caronte, el barquero piadoso que no la abandonó en la otra orilla, el Ser que le permitió tener esperanza donde todos deben abandonarla, y que le permitió elegir entre quedarse o huir cuando pudo haberla obligado a permanecer a su lado por toda la eternidad como pago por no llevarla al infierno. Pero la liberó para que ella decidiera.

Al darse cuenta de todo aquello se levanta presurosa y cruza corriendo la primera zona, sin importarle pisar las cabezas y los cuerpos de los indolentes. Su capa intenta abrirse pero sus manos lo impiden. Solo quiere llegar a la orilla para ver una vez más a su protector.

Ve un enorme grupo de almas agolpadas en la orilla, apretujándose en aquel lugar sin ilusión. Las suaves ondas del río lamen la orilla con suavidad, pero los gritos acongojados, las quejas, los llantos desesperados la apartan del grupo y camina río abajo…

En la negrura de aquella oscuridad sin sol y sin estrellas, un sutil destello se ve a lo lejos. Recuerda entonces la vela que había prendido Caronte. A medida que la luz se acerca, piensa qué hacer para que la reconozca entre todas las almas; quiere que la vea, que sepa que está allí, que regresó por y para él.  

Mira las almas de quienes esperan su cruel destino, todas serán trasladadas a la otra orilla
en la barca de Caronte. Ninguna tiene capa, están desnudas, son oscuras y tenebrosas como ese lugar. Entonces ella se saca la capa y su cuerpo se vuelve fluorescente, brillante, luminoso. Y Caronte la ve.

-Has vuelto –dice el barquero a medida que se acerca a su lado.

-Sí, Señor. He vuelto a usted en libertad porque quiero, porque decido quedarme a su lado.

-¿Has pensado en los riesgos que eso implica?

-¿Riesgos? No a su lado, no bajo su protección –responde ella con seguridad.

Caronte, emocionado, toma la capa del suelo y la cubre antes de decirle:

-Debo cumplir mi trabajo, pero tú quédate aquí, no te muevas y espérame.

Con respeto, Caronte recoge las monedas producto de su trabajo y ayuda a aquellas almas condenadas a subir a su barca. Cuando está llena, sube y comienza el recorrido. Al partir, vuelve su mirada hacia ella hasta que la pierde de vista. Cada vez que clava su remo en las aguas del Aquaronte, piensa qué hará con la mujer que decidió pertenecerle. Ahora tiene la oportunidad de cumplir sus fantasías, pero para eso debe avisar su decisión al Señor del Inframundo para obtener a la mujer luminosa que tanto lo impactó.

Caronte no tiene mujer, solo posesiones compradas con las monedas de las almas. Él cumplía el trato hecho con Hades, pero sabe que el dios del inframundo no siente ninguna emoción ni tiene sentimiento alguno, excepto por su mujer: Perséfone. Y Caronte está seguro que debe hablar con ella, porque también es una humana que a pesar de reinar en el infierno, es tan bella y luminosa como su mujer, además de comprender el amor.

Con su trabajo cumplido se presenta ante Perséfone para contarle la historia y los
sentimientos que tiene por la joven que se había quedado esperándolo en la otra orilla.

-Señora, me atrevo a molestarla porque me sucedió algo muy importante –le dijo antes de hablarle de la mujer que dejó esperando en la otra orilla y sus sentimientos- … por eso vengo a pedir su ayuda. Sé que usted comprenderá y se conmoverá más que Hades.

-Eso seguro. Tienes una bella historia, barquero y además me siento identificada con esa joven que ha sido traída aquí en contra de su voluntad. Tú cumples con tu trabajo y nunca has pedido nada, así que hablaré con Hades y le diré que yo te di permiso para que la lleves contigo. Pero deberás volver a tu trabajo, ¿comprendes?

-Sí, Señora, lo sé. Gracias por su ayuda, ahora podrè estar con ella y conocernos.

-Me alegra que hayas elegido una mortal, alguien que no pertenece al inframundo pero que tú has sabido conquistar para que se anime a compartir su vida contigo. Enviaré barcas con los soldados de Hades para que cubran tu puesto mientras conoces a tu mujer. Te mandaré buscar cuando llegue tu hora de regresar.

-Volveré de inmediato. Caronte le da su palabra.

Con una sonrisa que no se ve debajo de su capucha, el barquero del infierno regresa a la orilla donde ella lo espera en el mismo lugar que la dejó. Le gustó su obediencia y entrega.

-Te daré una última oportunidad –dijo con energía no exenta de dulzura-. Caronte te ha
elegido para que te quedes a su lado por siempre. Si te vas, puedes volver con los mortales. Si te quedas, tendrás que seguir las reglas de Caronte, ¿entiendes?

Ella asiente.

-Caronte te ofrece mientras estés a su lado, seguridad, protección, cuidado, fidelidad y lealtad. Promete enseñarte su mundo, promete hacerte descender hasta su más oscuro infierno para elevarte a los cielos de la más sublime delectación. Si aceptas, deberás serle fiel, leal, obedecerlo y entregarte a él sin límites.

Ella baja la cabeza sin responder.

-Dime mujer, ¿qué harás?

-Acepto quedarme a su lado, Señor –responde mientras se arrodilla e inclina ante su nuevo Señor.

El nuevo Amo saca un cuchillo de entre su ropaje y tomando la mano de ella hace un pequeño tajo en la yema de su dedo corazón. Luego extrae un pergamino.

-Si estás de acuerdo con todo lo dicho, firma con tu sangre y serás mía mientras ambos tengamos la necesidad de estar juntos. Si algún día te quieres ir, no te detendré.

Ella coloca el dedo ensangrentado en el pergamino y enseguida siente un collar que abraza su cuello y está unido a una cadena. Caronte envuelve a su mujer con la capa y alzándola en sus brazos la coloca en la barca con delicadeza, tratándola como el tesoro que era para Él.

Sube a su barca y coloca su tesoro delante de Él, mientras que la infernal barca navega río arriba por el Aqueronte. Ninguno habla, el silencio se hace tan infinito como la oscuridad, apenas quebrado por la tenue luz de la vela. A lo lejos, un resplandor.

Aquella lejana luz se va acercando hasta una cueva a la orilla del río, donde había varias antorchas encendidas, reflejando una potente luz.

Habían llegado al refugio de Caronte… (Continuará)

Caronte Leeialo y Ana Karen Blanco


jueves, 26 de diciembre de 2013

RELACIÓN DE GANADORES - PREMIO "REBENQUE" de relato digital

Amigos lectores:

Debo y quiero dar una disculpa por los dos meses de retraso en el veredicto del concurso. Primero, tuve complicaciones personales y luego un largo y esperado viaje del que recién regreso. 
Lamento haber hecho esperar a los concursantes y les ruego me perdonen. Ya tuve mi castigo (se los aseguro) por esta demora. 
Gracias a todos por su paciencia. Y a quienes se tomaron el trabajo y la molestia en escribir un relato, gracias por participar.
Saludos y un fabuloso 2014 para todos.

Ana Karen Blanco
anitaK[SW]

I Concurso de Relato Digital
(Relación de Ganadores)
Premio “REBENQUE”
1er Premio
Relato: La sumisa imperfecta
Autor: blade_runner_36

2º Premio
Relato: Una niña rebelde
Autor: EscritorDeInvierno

3er Premio
Relato: El Día “D”
Autor: cachorrita

Solicitamos que el ganador del primer premio, blade_runner_36, se ponga en comunicación por mail con Ana Karen Blanco para la entrega del rebenque a la dirección que sea indicada.

Los tres relatos ganadores serán publicados en:


lunes, 30 de septiembre de 2013

PREMIO REBENQUE: Una niña rebelde

UNA NUÑA REBELDE    
Autor:  EscritorDeInvierno

Hay mujeres con rebeldía en la sangre. Pero un buen domador no desaprovecha una yegua
con potencial sólo porque se resista a la doma, y tras largas horas de cuero y espuela
obtiene una bestia hermosa que se monta como las demás y cabalga con más brío.
Elena era rebelde por naturaleza, altanera, contestona desde antes de aprender a hablar,
culo inquieto que con los años se convirtió en culo caliente, gracias a mi mano firme.
Las zurras crecieron en intensidad y frecuencia, afianzando nuestra relación. A la mano
le siguieron el escozor de la suela de goma, el efecto profundo del cepillo y, desde la
boda, el silbido ardiente del rebenque de cuero, herencia familiar regalo de mi madre
que no ha evitado que mi niña sigua mostrando arrebatos infantiles constantes.
Este tiempo que el trabajo nos ha separado ha apilado leña en la hoguera de su rebeldía.
Llevo unas horas de vuelta en casa y todo el rato se ha mostrado contestona. Por supuesto,
en mi ausencia no ha cumplido sus tareas y la casa es una pocilga. La falta de macho se
deja notar. Durante nuestro reencuentro, mientras disfrutaba de la boca acogedora, he notado
en su mirada que debía volver a domar su espíritu salvaje, o vería peligrar mi autoridad.
Así que aquí estamos. Descuelgo el rebenque mientras Elena gimotea con la cara hundida
sobre la almohada, empapando en lágrimas el suave lino. Hembra pura raza, morena de talle
estrecho y buenas caderas, me ofrece -como siempre- una magnífica postal: boca abajo, los
jeans y las braguitas de encaje por las rodillas y un grueso cojín bajo la pelvis. Los
glúteos se levantan, altivos como su dueña, llenos y duros: mármol esculpido en carne de
mujer. La piel firme temblequea al compás de los sollozos. Hago chasquear la correa en el
aire y la pequeña levanta la cabeza, buscando el sonido como un animalito asustado.
                –¡No! El rebenque no –la voz es más aguda de lo normal, más infantil: su voz de niña
                mimada–. Esta noche no, porfa. Me portaré bien. No me toca. ¡No quiero!
Buscando una huida, aprieta las nalgas y hunde la pelvis, estropeando la magnífica estampa
de su grupa en pompa. Dejo caer la mano sobre la parte más carnosa de los glúteos: un azote
fuerte para recordarle la importancia de ofrecer una imagen apetecible. La pequeña
necesita un correctivo. Tiene los ojos brillantes mientras niega con la cabeza.
                –Por favor... –susurra, hipnotizada por el lento balanceo de la correa–. Métemela.
                   Mira, me abro de piernas. Por favor, el rebenque no.
                –Ya es tarde para eso, pequeña. Adopta la posición.
                –Nooo. No quiero.
Sigue sin moverse. Terca, negando con la cabeza, con el culo apretado. Mi mano se introduce
bajo su vientre buscando el botón del placer mientras hace fuerza para levantarla.
                –Vamos amor. Levanta la colita –la animo con voz suave mientras con masajeo la nalga
                recién azotada–. Sabes que si no será peor. Venga. ¡Arriba!.
Las caricias surten efecto y la resistencia disminuye. El magnífico culo se eleva despacio.
Las nalgas alcanzan su máximo esplendor mientras su dueña, arrodillada, solloza con la cara
hundida sobre la almohada. La carne prieta tiembla con el chasquido del cuero. Le apoyo una
mano en el lomo para tranquilizarla y empujo hacia abajo, una ligera presión de recordatorio
para que mantenga la espalda arqueada. Aguardo, esperando el momento, dando tiempo a la
imaginación a volar anticipando el escozor. En las hembras jóvenes de mente inquieta, la
parte psicológica de la disciplina es fundamental.
El rebenque llega de sin avisar. Un silbido corta el aire. Chasquido de cuero sobre piel
tersa y el grito ahogado por la almohada. La pesada lonja abraza las caderas haciendo
retroceder la carne de un modo casi imperceptible. La firmeza de este culo siempre me deja
impresionado. Lo que desataría una tempestad en cualquier otro trasero apenas provoca oleaje.
El lugar atacado se vuelve blanco un instante. Un lienzo fugaz que enseguida se pinta de
fondo rosado intenso, una ancha franja que cruza ambas nalgas por la parte más carnosa.
Elena humedece la almohada con su llanto mientras sigo acariciándole la espalda. Sus
lágrimas son necesarias. Apagarán la llama de su rebeldía, pero una lluvia más intensa
asegurará que no vuelva a prender durante algún tiempo. Lo tomo con calma. Dejo que el
efecto madure hasta que el dolor instantáneo es sustituido por un escozor ardiente. El segundo
azote llega sin aviso. Por debajo del primero, solapándose en una fina línea que se torna más
rojiza que el resto. Mi lienzo de carne favorito tiene ahora dos tonos de color.
La pequeña no aguanta este segundo asalto. El glorioso culo se inclina hacia adelante,
queriendo escapar. Pero el castigo empieza a hacer efecto, la disciplina perdida comienza a
volver y la distracción es momentánea: su adiestramiento recién recordado la devuelve a su
posición natural. La distracción ha sido breve, pero debo tenerla en cuenta. Paseo la mirada
por la curva de sus nalgas seleccionando mi siguiente objetivo, mientras el llanto ha sido
sustituido por un hipo nervioso que arranca espasmos temblorosos de un cuerpo juvenil que
aguarda resignado su condena.
Me decido por un golpe especial, reservado para esos momentos en los que mi chica no sabe
comportarse durante el correctivo, o cuando un castigo monótono pide una chispa de
variedad. El cuero vuela rápido. El viaje es esta vez más corto y acaba cuando la punta
cosida y filosa llama con dureza a las puertas del santuario femenino. Elena se levanta
sobre las rodillas como un resorte cuando un relámpago de dolor recorre su columna. Arquea
la espalda por instinto mientras se lleva las manos a los glúteos buscando proteger su
parte más sensible. Lanza al techo un aullido de loba herida.
                –Vuelve a tu posición –le ordeno–.  A ese culo aún le falta cuero.
Solloza entre jadeos. Cuando el dolor remite se vuelve hacia mí. Los ojos enormes miran
suplicantes. Intenta usar sus trucos de mujer: la hembra desprotegida busca protección
de su macho. Ese instinto femenino la ayuda a leer en mi mirada su fracaso, una expresión
comprensiva que la invita a la obediencia. Vencida, vuelve a hundir la cara en la almohada
aguardando entre sollozos el resto de su penitencia. Las nalgas decoradas recuperan el sitio
de honor en lo más alto. Una franja bien definida destaca en ellas, un camino caliente y
oblicuo que, naciendo en su cadera, se pierde en la humedad entre sus piernas.
El cuarto es seco y duro, y cae en el centro de los muslos. La almohada ahoga un grito
prolongado, eterno, pero se mantiene en su sitio. La acaricio con orgullo. Mi brazo toma
impulso. El golpe es el más fuerte. Estalla macerando la carne jugosa en el pliegue sonriente
que une nalgas y muslos. La boca abierta de Elena busca aire con que gritar y, al no
encontrarlo, acaba mordiendo con fuerza la almohada empapada en su propio llanto.
Devuelvo el rebenque a su gancho. Busco y encuentro: en el desorden de la casa, curiosamente
el bote de crema hidratante está exactamente donde debería. Mi niña gimotea mientras amaso
las carnes maltrechas con el frescor del gel. Me dispongo a salir de la habitación para
dejarla recuperarse, pero me llama en cuanto toco el pomo de la puerta. Guiada por su mano,
una generosa ración de crema ha ido a perderse entre sus nalgas, lubricando su entrada trasera
mientras Elena me mira desafiante con sus ojos de leona.

-Has estado llamando a la puerta -me dice-. No te vayas sin entrar.

CONCURSO REBENQUE: El día "D"

EL DIA “D”
Autor:  cachorrita

          A veces es difícil comenzar en este mundo “desconocido” lleno de emociones y sensaciones, sentirse realmente una cachorrita dando los primeros pasos es realmente raro,  la falta de experiencia genera inseguridad, ¿le gustara o no le gustara? ¿Qué decir? ¿Qué hacer? Estar a la merced de una persona a la cual le perteneces es algo difícil de asimilar, pero luego entiendes que es normal y mirar el suelo se vuelve producto de la cotidianeidad. No recuerdo el día exacto en el cual comenzó a surgir o nacer en mi esa necesidad de estar a sus pies, solo sé que cambio mi vida, y lo que para la  mayoría de las personas son cadenas para mí son los lazos de mi libertad. Aun así eso lo entendí con el tiempo lo que significaba la libertad.
          Pero a pesar de las dudas que tenía en el momento, se me ocurrió una idea, se acercaba la fecha que conmemoraba el primer día que habíamos sesionado y deseaba  poder mostrarle algo diferente a mi Ama, la inexperiencia juega encontrar, así que a pesar de la vergüenza se me ocurrió preguntar a personas cercanas a ella y por esas vueltas de la vida gracias a un amigo cercano se me dio la posibilidad de conseguir un rebenque, y desde ese momento comencé a soñar con ese instrumentos en las manos de mi Ama, y esto fue lo que paso hace unos meses atrás:
          Los nervios se hicieron cada vez más latentes, el temblor en mis manos era evidente, no sabía si lo que estaba haciendo estaba bien o no, pero era una fecha especial, había pasado semanas pensando en ese día tan importante, aun ni siquiera sabiendo si en realidad llegaríamos a esa fecha o no. Los días previos habían sido bastante complicados, no me ubico mucho en la ciudad y para poder obtener el rebenque tuve que ir a buscarlo a un barrio realmente desconocido para mi, pedí ayuda a una amiga para que me acompañara en la misión, cuando por fin lo tuve en mis manos mi amiga me dijo al oído “tu cara te vende disimula” intente colocar mi mejor cara de seria pero dudo que diera resultado aun así el señor que nos dio el rebenque quiero creer que no se percato de las imágenes que se me cruzaron por la cabeza en ese momento.
          Aun  faltaban otros detalles que fui buscando según los consejos que me habían dado como las velas rojas que aunque mi habitación era pequeña logre ubicarlas no sé si dé buena forma pero creo que no se veía mal tampoco, la rosa roja que pensaba ¿Qué le digo?¿cómo se la entrego? Entre idas y vueltas, no me di cuenta como paso la hora ya era cerca de las 18 hrs cuando  me llego un mensaje que venía en camino, le había dicho que necesitaba que viniera para que nos ayudara con un proyecto con una colega para hacerle unas preguntas, que era necesario que fuera ese día, pues mi compañera trabaja al día siguiente y necesitábamos entregarlo la semana próxima en curso de facultad, mi Ama accedió dado que le señale que no le tomaría menos de media hora.
          Y así fue me di un baño, me vestí y coloque música ambiente para que no se escuchara a los alrededores,  hasta que un mensaje de “estoy abajo”  intente recordar todo lo que me habían sugerido, pero los nervios se apoderaron de mi y realmente no recordaba que decir, baje corriendo las escaleras, pero antes encendí las velas, y ahí estaba mi Ama con su mirada penetrante, y una bolsa del supermercado con yogurth y galletas para merendar, (dado que nos iba ayudar con un trabajo de facultad) supuestamente me paralice enseguida, me miro fijamente y me pregunto por mi compañera, le dije que mi compañera estaba en clases pero en unos minutos llegaba, subimos las escaleras y había llegado el momento, intente recordar las palabras celebres que podría haber dicho en ese momento, pero solo me salió el decirle que la habitación “estaba desordenada” su mirada cambio y con una simple mirada me indico que abriera de una vez esa puerta.
          Sin saber cómo ya estábamos dentro de la habitación, abrí como pude, pero al ingresar solo atine a arrodillarme y entregarle la rosa, su cara era un poema jamás había visto esa expresión en su cara, me quedo grabado a fuego inolvidable, sentí sus manos sobre mí, sus gestos de cariño, comencé a retroceder dado que había escondido el rebenque debajo de la cama para que no lo  viera al momento de entrar, recordaba en ese momento el “arrodíllate y ofrécete” pero ¿Cómo te ofreces?¿qué es lo que se dice? Como pude agarre el rebenque en mis manos y le dije feliz cumple sesión mi Ama, su cara es inolvidable, su rostro se ilumino, lo tomo en sus manos y esa imagen que había soñado se había visto superada, ese brillo en su mirada tan especial,  esa sonrisa que se dibujaba en su rostro y la forma en que observaba detenidamente el instrumento en sus manos a sido uno de los momentos insuperables que eh vivido. Pero un gesto en su rostro me saco del trance de felicidad en el cual me encontraba al contemplar tal escena, ese gesto me indico que debía levantarme e ir hacia la puerta, mi mirada de suplica fue instantánea, es como un acto automático el cual no puedo evitar,  pero obedecí al instante, no fueron necesarias las palabras me voltee a mirar su rostro, pero con su mirada me indico que debía darme vuelta, fue así como cerré los ojos y respire profundamente.
          Los nervios volvieron a mi cuerpo nuevamente el no poder ver y estar mirando una puerta solamente me da ansiedad, no saber cuándo comenzara ni cuando terminara, estaba ahí como si el mundo se hubiera paralizado solo sentía el sonido del azote que era distinto más duro, seco, inevitable no moverse, jamás había sentido algo parecido, en ese momento entendí porque era tan temido, además recuerdo ese ardor en mi trasero con cada uno de los azotes que me dio dejo  una marca en mi memoria que hasta el día de hoy ha sido imborrable, no recuerdo cuantos fueron en realidad, no fueron muchos ni pocos, pero fue la primera vez que sentí ese temido instrumento en mi cuerpo.

       Al terminar de probar su nuevo instrumento, mi Ama se acerco y me condujo con su mano hasta mi cama para ser presa de sus caricias, luego de unos minutos me miro y me dijo “¿así que lo del trabajo de facultad era mentira? ¿le mentiste a Ama? No pude evitar sonreír, hasta que me señalo que mentirle a Ama era castigable, mi sonrisa se desdibujo y intente cubrirme automáticamente con la frazada en mis manos, pero en su rostro apareció nuevamente una sonrisa sádica de la  cual fui víctima esa tarde.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

CONCURSO REBENQUE: Al fin encontró el remedio

Escrito por: MALE AG.

Soy mexicana, amo este mi país…nunca he salido de el, tengo que reconocer que el poco o mucho mundo que tengo se lo debo al gran universo virtual y en el caso del mundo spank  no es chico…hay gente del muchas partes del mundo, he tenido oportunidad de conocer gente maravillosa de este y otros continentes y como es lógico conocer sus usos y costumbres algunas tan parecidas a las nuestras y otras tan distintas.
Ya alguna amiga spanke argentina me había dicho que el rebenque era un instrumento común por allá y en Sudamérica en general, que era un instrumento fuerte y duro, a mi me gustan las fustas, en manos expertas pueden llevarte a niveles de placer y dolor casi inaguantables y sus manos lo son.
El es mi hombre, mi dueño, mi amo…cuando estamos juntos me cuida, me quiere, me mima pero también tengo claro que solo hay una palabra, la suya¡
Solo hay un pequeño problemilla a mí de vez en cuando se me olvida, me gana el orgullo y la rebeldía y me da por demostrar que no soy de las que obedecen.
Cosa para la cual siempre hay un remedio…la advertencia había sido clara “te vuelven a regresar del trabajo por llegar tarde y créeme lo que menos te dolerá será lo que quiten del sueldo”.
Advertencia hecha después de pasar algunos minutos sobre sus rodillas con los pantalones a media pierna.
Tenía en las manos el comprobante de pago, dos días menos, la situación se complicaba si considerábamos que uno…no le había dicho y dos ese dinero que no estaba ya tenía acreedor pendiente.
Asi que como toda spanke que aprecia el bienestar de su baja espalda opte por la salida más facil…un mail, comprobante anexo y los primeros tres millones de excusas que encontré, cuando recibí la contestación el corazón se quería salir del pecho “a las siete, vestido, sin ropa interior”.
El jamás hacia eso, nunca sin un “hola princesa” antes y un “un beso” después, asi que solo podia significar que está vez si estaba en problemas serios.
Yo sabía el lugar, los 20 min. de camino en el taxi fueron eternos, la sensación de que si me movía el chofer  notaria mi “desnudez” me tenia los nervios destrozados, iba tensa y a la vez excitada, el sabia como lograr esas sensaciones en mi.
El sonido de la entrada de un mensaje me sobresalto…”espero por tu propio bien que hayas seguido mis instrucciones al pie de la letra”….no se me ocurrió nada  mejor que un “lo siento”, de nuevo respuesta parca “demasiado tarde y si, lo sentirás y por varios días más, de eso me encargo ahora”.
Cuando entré la habitación estaba a media luz, el estaba sentado en el sofá individual…me miro…con esa mirada a la que solo se responder con la sonrojes de mi rostro, hice ademan de ir a saludar, se levanto, dio un paso, me tomo del brazo…media vuelta y los dos azotes más fuertes que he recibido con la mano en mucho, mucho tiempo, obviamente la sorpresa y el ardor me hicieron gritar.
“Cállate, esto es solo el principio de lo que te mereces y que sin duda alguna recibirás, hoy te va a quedar claro lo que es obedecer”.


Me llevo al rincón, otro par mas de nalgadas está vez con instrucciones claras, manos en la cabeza y mas vale que no muevas ni un dedo si no quieres empeorar tu situación¡  mientras tanto levantaba la falda de mi vestido y la anudaba alrededor de mi cintura, la situación no podia ser mas vergonzosa, ahí estaba yo, toda una mujer, siendo tratada como una chiquilla malcriada y desobediente por una simple razón, me había portado como tal.
Después de un tiempo no se cuanto, pero para mí mucho… tiempo en el cual yo solo pensaba lo mucho que me gustaría haber traído ropa interior y lo muy excitada y temerosa que estaba, lo escuche de nuevo…”VEN ACA”.
Cuando me di la media vuelta, tenía algo en las manos, era una especie de cinturón, pero algo más grueso y ancho, la verdad es que era lindo, pero a la vez despertaba algo de temor, “sabes qué es esto?” , un rebenque? Atine a balbucear.
“Exactamente, hace un tiempo que lo tengo, pero siempre pensé que quizá era duro para ti, pero veo que no, que es exactamente lo que necesitas, esto es lo que te has ganado con tus desobediencias y necedades, he sido paciente contigo, pero tú en lugar de agradecerlo vas por ahí creyendo que puedes hacer lo que te venga en gana, y no jovencita, hoy vas a aprender que cuando se te da una orden es para obedecerla y si no… esto será de ahora en adelante lo que te lo recuerde, cuantas veces sea necesario, entendido?”
Pero…..
“Pero nada¡¡¡¡ , a callar, vas a recostarte en el respaldo del sillón, no vas a protestar, no vas a meter las manos, no vas a retorcerte como acostumbras porque cada vez que lo hagas, agregare cinco azotes mas, yo no tengo prisa, por mi podemos estar aquí toda la noche si es necesario, asi que tu sabes si quieres terminar pronto o no, lo único que te digo es que cuando salgas de aquí, serás la niña mas obediente del planeta, ya lo veras¡”
Lo que vino a continuación es difícil de relatar, obedecí por supuesto, cuando recibí el primer azote ya estaba arrepentida de todo, el dolor, el ardor que sentí me hizo entender en segundos que ese seria sin más el mejor remedio para mi mal comportamiento y lo peor que el acababa de darse cuenta.
A pesar de lo enojado que estaba tomaba su tiempo entre un azote y otro, su intención era que cuando el dolor pasara un poco un nuevo latigazo lo reavivara nuevamente y lo estaba logrando.
Los regaños caían a la par de los azotes, “Está vez aprendes, crees que puedes hacer lo que te venga en gana, ya ves que no, lo que yo te digo te entra por un oído y te sale por otro, pero después de esto veras como recuerdas todo, de mi cuenta corre que llegas temprano al trabajo asi tengas que trabajar de pie, etc., etc.”
Es verdad que no utilizo toda su fuerza, gracias a dios nunca lo hace, jamás pretende lastimarme, pero está vez estaba siendo más duro que de costumbre, todo, su actitud, sus azotes, no había ni una sola palabra de cariño y mucho menos una caricia, está vez si era un verdadero castigo.
 Y yo por primera vez en mucho tiempo estaba realmente arrepentida de desobedecerlo.
Es cierto que después de aquella azotaina recibí todo el cariño que se me había negado hasta ese momento, me consintieron y apapacharon, me volvieron a amar (el dice que nunca deja de hacerlo, solo que a veces se lo pongo difícil).
Pero también es verdad que por ahora cuando me desquicio, cuando me salgo del camino marcado basta un “¿Quieres que traiga el rebenque?” para que me vuelva la cordura, sé que eso pasara, que cuando mis nalguitas dejen de estar tan adoloridas, volveré a ser la más temeraria.
Pero sobre todo, se que él estará siempre, siempre para amarme y corregirme, ayudado por ese lindo rebenque.

lunes, 9 de septiembre de 2013

CONCURSO REBENQUE - La sumisa imperfecta

Autor: blade_runner_36


Cuando Artemisa recibió el enésimo regaño de aquella tarde por parte de su amo, hizo un ostentoso gesto de disgusto. Lo adoraba, ciertamente, pero ese empeño suyo en entrenarla hasta más allá de la perfección le desesperaba. Artemisa (nombre que el mismo le había otorgado el día de su investidura) portaba con orgullo el collar, pero no se entregaba con tanta diligencia al protocolario sometimiento que su señor insistía en implementar. El hombre, conocido por Diamante, de distinción y dureza comparables a las de la piedra que le prestaba el nombre, era alto, delgado y bien parecido; de mediana edad, aunque aparentaba ser más joven, de gesto serio y modales exquisitos, sabía ser extremadamente perverso cuando quería, frío y distante si lo creía oportuno, podía mostrar la mayor de las ternuras y tenía un exquisito cuidado en tratar cariñosa y respetuosamente a sus sumisas. Sí, porque tenía más de una. Dos, en concreto. Y a la segunda le había otorgado el nombre de Atenea, como buen amante de la mitología griega. Y los nombres no habían sido impuestos al azar. Mientras Artemisa era sensual y fogosa, como un animal salvaje, y casi tan difícil de dominar, Atenea era reflexiva y sabia, disciplinada en extremo, pero incapaz de sorprender.

Artemisa recibía, pues, con harta frecuencia los castigos de Diamante, mientras que Atenea gozaba las torturas más refinadas. Diamante tenía la costumbre de pasearse con una varita corta en la mano durante las sesiones. Aunque había impuesto el collar y regalado el nombre a ambas muchachas, aún las entrenaba para ser perfectas. Mientras Artemisa caía una y otra vez en faltas infantiles, y recibía por ello molestos varillazos, apenas uno o dos, sobre su pecho, nalgas, antebrazos y mulsos (o en sus dedos, lo que más la enojaba) Atenea disfrutaba largas sesiones con el látigo o con un hermoso flogger, de colas de más de medio metro, con el que Diamante la torturaba solamente a ella. Apenas en una ocasión había disfrutado de aquel instrumento tan deliciosamente hermoso. Artemisa odiaba ser castigada pero amaba ser azotada. Justo lo que la otra lograba siempre y casi sin proponérselo. Así, mientras la muchacha más traviesa apenas lograba una o dos marquitas sobre sus senos o sobre sus muslos, la otra podía presumir del hermoso dibujo de latigazos profundamente administrados, que coloreaban su trasero y le arrancaban una música exquisita de gemidos y lamentos.

Más de una vez le había tocado jugar el papel de asistente de Diamante, suministrándole los instrumentos con los que dominaba a Atenea, o había sufrido cosificación, haciendo de mesa para que Atenea sirviera el té a Diamante, con una diligencia que hasta la enojaba por lo perfecta, o había asistido, sosteniendo un macetero en sus brazos hasta que le dolieron, a una excitante sesión de atadura que sobre el excelso cuerpo de su compañera de juegos eran como un cuadro al óleo. Artemisa no era disciplinada, y su castigo era ser tomada por cosa, sufrir la indiferencia de su amo y también de Atenea, a quien a veces envidiaba.

Pero había algo en lo que Artemisa estaba segura de vencer, de ser mejor. Detrás de las interminables piernas, siempre derechas y juntas de Atenea, detrás de sus manos siempre a la espalda, de su alzado mentón y su elegante desfilar, respetando el protocolo impuesto, detrás de su pecho, siempre firme y a disposición de Diamante para lo que él tuviera el gusto de ordenar, se escondía una persona plana, vulgar, poco imaginativa y aburrida. ¡Y ella no! Artemisa era fogosa, se entregaba y sabía sacar de su amo hasta el último suspiro de satisfacción. Cuando de ser usada como objeto sexual se trataba, ella se sentía insuperable y su amo la prefería a la otra sin dudas, aunque nunca lo dijera ni permitiera siquiera que pudiera sospecharse.

Por eso, cuando supo que él realizaría un viaje de negocios por algunas de las provincias del sur, enseguida se atrevió a solicitarle que le trajera un regalo. Diamante, como casi siempre, quiso castigarla por ello y lo hizo dando preferencia en la elección a Atenea. Ella, sumisa y discreta más que nunca, le pidió a su amo que le buscara un adorno para su persona; algo que él mismo le pusiera y que solo llevaría para él. Artemisa sintió que no podía contener la risa ante lo que le parecía una soberana estupidez. Llegado su turno pidió, casi exigió, que Diamante le trajera un rebenque, cosa fácil, ya que viajaría prácticamente al corazón de la Pampa. Solicitó, aunque era más una demanda, que fuera artesanal, de color claro, no teñido. Como última explicación concluyó su ruego diciendo que con él deseaba ser azotada por su amo larga y severamente. Atenea, que asistía atónita a la escena y que nunca se había atrevido a insinuar siquiera con qué debía castigarla su amo, estaba estupefacta.

Una semana después, ya de regreso el hombre, reunidos los tres en su casa como solían, llegó el momento de repartir los regalos. Antes, Diamante, un mirón impenitente, además de dominante sádico, les había ordenado retirar las faldas que llevaban. Quedaron así, ambas, vistiendo solamente sus escuetas braguitas negras, ligueros, medias y zapatos de alto taco. Después, desabrochando dos o tres botones de sus blusas blancas, liberó sus pechos, que lucían deliciosos y sonrosados, por supuesto sin sostén. Luego les obligó a arrodillarse frente a él. Extrajo de su bolsillo un colgante de lapislázuli con cadena plateada y se lo colocó a Atenea, quien, sin apenas levantar los ojos del suelo, le dio las gracias en voz baja. Luego se volvió y sacó de un maletín el prometido rebenque. El ansia pudo con Artemisa y alargó la mano para tomarlo. “¡A ver!”, exclamó. Diamante retiró el instrumento de su alcance y se irguió, enojado. Al punto le ordenó poner ambas manos en el suelo. “¡Servirás de banca!”, le espetó. Luego se dirigió a Atenea.

-Vas a tener el honor de estrenar el regalo de tu indisciplinada amiga. Inclínate sobre ella. Apoya las manos en su espalda.

Atenea se lo agradeció con un hilo de voz y obedeció la orden. No bien lo hubo hecho, Diamante alzó la hermosa artesanía y azotó con fuerza sus nalgas, apenas cubiertas. Ella gimió. Prosiguió el castigo con una cadencia lenta, pausada, que permitía escuchar los jadeos de Atenea, sus lamentos y sus profundos suspiros. Cada latigazo dejaba una marca grosera sobre sus nalgas y otra, mucho menos visible, sobre el orgullo herido de la muchacha que se arrodillaba para ofrecerle apoyo. La rabia se apoderaba de Artemisa por momentos, pero, en lugar de llorar, aunque se sentía sumamente decepcionada, aunque su amo la estaba humillando de manera despiadada, sonrió enigmáticamente. Aquel rebenque sería suyo. Sería suyo y de nadie más. Y, sobre todo, no de aquella odiosa perfección sin alma ni sangre llamada Atenea. Tan solo tenía que abrir a su amo algunos de los caminos secretos de su cuerpo y permitirle entrar en ellos de una forma que solamente ella conocía. Y entonces Artemisa, la sumisa imperfecta, podría dominar una situación que llevaba demasiado tiempo resultándole incómoda y desagradable. Y el salvaje animal que habitaba en ella lograría el deseo de verse sometido justo y exactamente como deseaba.